lunes, 1 de septiembre de 2008

Mi columna chueca






Cuando comencé a escribir poesía, hace ya muchos años, más de veinte, lo hacía para nombrar las cosas con mis palabras, para expresar un sentimiento que me torturaba y exorcizar mis temores. Al principio lo hacía a escondidas. Por muchos años nadie de mi familia o amigos sabía que leía y escribía poemas. En la familia cada hijo carga con un estigma diferente, según el grado y número de hermanos que tenga. Por ejemplo, el mayor siempre será quien lleve, de cierto modo, la responsabilidad de velar por los otros. Se toma atribuciones que no le corresponden, pero que sin embargo las cumple. Así también hemos escuchado muchas versiones de los hermanos sandwich. El trauma del menor, muchas veces es porque nunca se le toma en cuenta, en los concilios entre hermanos es el que menos debe opinar porque los otros creen que es quien menos sabe. Siembre se le ve inmaduro, el pequeño al que hay que proteger o en el peor de los casos al que menos respetan y con el que terminan divirtiéndose o abusando. Ese fue mi caso, siendo el menor de cuatro hijos muchas aficiones o juegos tenía que hacerlas a escondidas para evitar la burla de mis hermanos mayores. Crecí sin ninguna dirección, observando y tratando de armar mi personalidad a través de los libros que iba leyendo.

Fue también cuando pequeño que, por un azar, me descubrieron una desviación en la columna, mi padre, siendo médico me hizo unas placas y descubrió que la séptima vértebra cervical no se había formado del todo cuando estuve en construcción en el vientre de mi madre, le faltaba la mitad y por consiguiente una costilla. A partir de ahí fue un peregrinar de médicos, hospitales, ejercicios y terapias, para evitar una mayor curvatura que, con mi crecimiento iba tirando hacia la izquierda, años después hacia la derecha y al final para uno y otro lado. Se me diagnosticó escoliosis congénita y al cabo de diez años de visitar periódicamente al especialista en la ciudad de México, la operación fue inevitable. A mis dieciséis me pusieron una barra de acero de treinta centímetros para alinear las vértebras, injertos de hueso para adaptarla a mi cuerpo y terminara haciendo la función de la columna: sostenerme. Sólo he quedado un poco impedido de movimiento y agilidad, sobre todo en el cuello, por lo que en la preparatoria y en la universidad, entre mis amigos de la colonia Providencia de Guadalajara tuve los apodos más sobresalientes, pero ninguno prosperó hasta esta fecha.

Por eso he empezado a escribir esta columna, para seguir nombrando mi tiempo y mi mundo. Escribir lo cotidiano, lo que me atormenta o apasiona, defender mis opiniones que siempre pueden ser buenas para el debate, como de cierta manera han provocado mis pasadas entregas. Una columna donde pueda compartir mi trabajo, mi proceso creativo. Hablar un tanto de política o historia. Mis rutinas y obsesiones. El sexo y lo que me erotiza. Las cosas simples. Mi mirada. Escribir de aquello que ocultamos por pudor o sentimentalismo. De lo que me preocupa. Mis odios y pequeñas venganzas. Mis viajes sin retorno. Mis sentimientos. Mis intentos y fracasos, del volver a empezar. El desamor. Las mujeres. Descubrir el testarudo y torpe razonamiento masculino. Lo que se dice con los ojos. Mi comida favorita, mi pasión por la pimienta y el ajo. La música que escucho, el cine que veo. Mis lecturas y autores predilectos. Mis maestros. Mis amigos, que son fuente inagotable de inspiración. De quienes ya he escrito en otras ocasiones sin pedirles autorización para usar sus nombres, pero la gran confianza y el cariño que les tengo me avalan para contar nuestras anécdotas, tratando que el lector no distinga la realidad de la ficción, porque un tanto así es la vida, como la vivimos y como creemos o queremos vivirla. Muchos de ustedes me disculparan si en algo no soy muy preciso, pero nunca escribiré nada que pueda ofenderlos ni denunciarlos. Por lo que están advertidos, cualquier cosa que digan o hagan puede ser narrable en mi columna y a veces pueden ser personajes de mi ficción diaria, donde dejo de ser yo para encarnar al otro, al personaje que escribe, y hablar sobre el principal enemigo que todos tenemos: uno mismo.

Nada de doble interpretación hay al nombre que le he dado a estos escritos, como algunos me han preguntado, pensando en otras turgencias que también suelen inclinarse. Nada hay más cierto en mi vida que mi columna (vertebral) chueca.
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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Obra de arte: "La espalda del hombre" de Carmen Casas Galan. Acrílico sobre tela, 70 x 80, 2008. Su portafolio web en Picasa.

2 comentarios:

Claudia dijo...

Desde hace tiempo he seguido tus poemas, tus libros, he escuchado tu voz susurrandome al oído un poema, el borrador de tu siguente novela...

He pasado tardes enteras acompañada de tus libros, me he divertido con tus alburemas, tu poesia me enciende y remueve lo más profundo que hay en mi.

Ahora con esta columna, tu columna chueca, de alguna forma me acerca a ti, somos como dos extraños con muchas cosas en común, mi culumna también está chueca, pero no es la misma, la mía tiene otra historia.

Gracias por regalarnos tus secretos, tu mirada, tu mundo.

momo dijo...

Me ha encantado tu chueca columna.
Un besín

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