martes, 21 de abril de 2009

Nombre propio






“Por el registro extemporáneo se le impuso al compareciente una multa que cubrió en la Tesorería Municipal”. Así dice mi acta de nacimiento enseguida del nombre de mi padre. Siendo el cuarto hijo de un médico de pueblo que viene de una familia numerosísima, tías que parieron una docena de hijos en promedio, pero que llegaron a alcanzar la veintena, como presumía mi tía Adela, de los cuales sobreviven 18, todos con dos nombres. Además si agrego que en el pueblo de mi padre se casaron tres hermanos de una familia con tres hermanas de otra, siendo mis abuelos paternos una de esas parejas, la repetición de nombres es un exceso.

Mi madre había resuelto llamarme Luis Fernando, como su único hermano, pero a mi papá le sonaba pomposo e imperialista, además que no quería un nombre repetido, por lo que hizo consenso familiar con sus tías, que para ese entonces muchas eran viudas y como rezaba la costumbre en la familia, vestían de negro desde el día de su viudez hasta el de su muerte, algunas desde los 38 años de edad, como mi tía Concha, quien no se quitó los trapos negros hasta los 68 que murió. Me cuentan que se reunían alrededor de mi cuna y opinaban entre ellas: la cara de quién sacó este niño. Se parece a mi hermano Fernando, sólo que él tiene los ojos azules, contestaba mi madre, confundida entre tantas opiniones.

El nombre marca a las personas, les delinea el destino, puede hacerlos únicos o dueños de una “patente”, como el caso del Cuauhtémoc político y el futbolista que no necesitan de su apellido para hacerse familiares. En la literatura ningún escritor es tan cercano como el Gabo. Lo mismo sucede con los apodos que también se heredan, en la universidad a mi mejor amigo le decíamos El Pollo y pocos sabían que se llama Alfredo Castellanos, ahora a su hijo mayor también le dicen así. El absurdo es cuando los hijos no saben ni cómo se llamaba su padre, les pasó a los Rulfo, cuando se enfrascaron en un pleito con la Feria Internacional del Libro de Guadalajara que cada año otorga el galardón Premio FIL, antes llamado Premio Latinoamericano y del Caribe Juan Rulfo, los cuales perdieron la demanda por no poner en los documentos oficiales el verdadero nombre del escritor: Juan Nepomuceno Pérez Vizcaíno.

El colmo ha ocurrido en los últimos años que ya no hemos sabido “bautizar” espacios públicos, teatros o museos y los denominamos con nombres genéricos, como Auditorio Nacional o Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México resumido simplemente en AICM. El abuso de las marcas por ostentar su liderazgo, en lugar de usar el nombre de artistas, científicos y próceres, nos ha llevado a tener un Centro Banamex y en Guadalajara un Auditorio Telmex. No me extrañaría que pronto haya una Plaza Jabón Roma, un Museo de Arte Contemporáneo TV Azteca, un Pasaje Durex o una Universidad Bimbo.

Lo difícil es encontrar una palabra que determine, constituya y defina, acertar el nombre adecuado para un libro, un poema o para cada columna. A mi padre le sucedió igual conmigo. Habían transcurrido casi seis meses de mi nacimiento y yo seguía sin bautizar, sin registrar y sin nombre, tan preocupante era el asunto que Carlota, mi abuela materna, me llamaba Sotero como el santo patrono del día en que nací. Hasta que terminaron de recorrer trescientos años de mi árbol genealógico resultó que no había ningún Rodolfo en la familia y ya no quisieron entretenerse en buscar el segundo nombre.

Como ya había pasado tanto tiempo y él atendía hasta 16 partos diarios, no supo qué contestar al preguntársele la hora de mi nacimiento y dijo la primera que se le vino a la cabeza. Lo peor vendría muchos años después. Al hacerme una carta astral, Patricia Burguete necesitaba la hora precisa, al preguntarle a mi madre y a mis tías también se confundieron con los horarios en que nacieron mis hermanos, pero terminaron asegurando que sí era correcta la fecha del 22 de abril como se lee en mi partida de nacimiento. De cualquier manera me hice la carta y he seguido mi destino, tan aventurado como el del hijo planificado a quien le apartan su lugar en la escuela y se le escoge el nombre con años de anticipación.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Imagen: Archivo personal del autor / © Rodolfo Naró, 2009. Todos los derechos reservados.

6 comentarios:

Rosalva dijo...

HOLA RODOLFO ANTES QUE NADA FELIZ CUMPLEAÑOS AUNQUE SEA CON UN DIA DE RETRASO. OJALA QUE TE LA HAYAS PASADO MUY BIEN. ABRIL ES UN MES MUY BONITO. Y QUE LIO CON LA ELECCION DE TU NOMBRE. ¿SABES? EN MI CASO SUCEDIO QUE TAMBIEN MI MADRE TENIA PENSADOS DOS NOMBRES PARA MI, PERO MI PADRE NO LE DIO OPORTUNIDAD. EN SU FAMILIA HAY VARIAS ROSAS (SU MADRE SE LLAMABA ROSARIO) Y EL ELIGIO ROSALVA, QUE EN REALIDAD ES UNA FUSION DE DOS NOMBRES. LA VERDAD NO ES MUY COMBINABLE, ASI QUE UNO SOLO ESTA BIEN. EN TU CASO, ME PARECE QUE TAMBIEN RODOLFO VA BIEN ASI, SIN OTRO SEGUNDO NOMBRE, YO DIGO QUE SUENA BIEN. AHI FUE TOTALMENTE AL REVES, PORQUE TU PADRE NO QUERIA SER MUY REPETITIVO Y POR ESO SE DIO A LA TAREA DE CHECAR EL ARBOL GENEALOGICO. QUERIA QUE FUERAS UNICO, ORIGINAL. PERO TE DIRE QUE LUIS FERNANDO TAMPOCO SE ESCUCHABA TAN MAL, COINCIDO CON TU MADRE.
UN SALUDO.

Rodolfo Naró dijo...

Hola Rosalva,
realmente estoy conforme con mi nombre, me gusta mucho, siempre me ha gustado aunque, cuando estaba en párvulos mis compañeros me cantaban la canción de Rodolfo el reno y lloraba.
Besos,
Naró

Ileana dijo...

Jelouuu Rodolfo, cómo te va?!
Pues válgame, a mí me lo puso un medio hermano, Mónica Ileana, tal vez así se lamaba alfguna novia o algun amor platónico de él. Por oro lado, Mamá quería ponerme María Balbina, hubiera sido extraordinario, me encanta el segundo nombre, pero hicieron caso a un chamaco de veintitantos años y nimodo, jaja!
Pero estuvo mejor mi caso que el de mi hermana, a la cual en una junta o asamble ejidal, lo ejidatarios votaron por ponerle Reyna Aurora, Papá era el comisariado en ese entonces.
Qué cosas!
Saludos, besos y abrazos!

Rodolfo Naró dijo...

Hola Ileana:

Tienes razón pobre de tu hermana con la convinación de nombres que tiene. Tuve un compañero en la universidad que odiaba llamarse Apolinar y al volver de unas vacaciones de verano regresó presumiéndo su nuevo nombre, con juicio de demanda civil y todo: Eduardo Israel, aunque para nosotros, sus compañeros sigue siendo el buen Apolinar.

Saludos,
Naró

Anónimo dijo...

Que lindo niño el de la foto!
La historia de un nombre resulta ser mas interesante de lo que pensaba, en mi familia no hay mucho proceso para buscar un nombre, lo escoge la mamá y ya.
Al menos así ha pasado con la mayoría.
Mi admiración a Rodolfo Naró, su vida y su obra.

Gatita

Rodolfo Naró dijo...

Hola Gatita:

Gracias por tus comentarios, tu felicitación. Lástima que no concozca tu nombre.

Saludos,
Naró

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