domingo, 30 de mayo de 2010

Volver


Hace unos días volví a Tequila. Caminé sus calles. De nuevo me sorprendió descubrir, por enésima vez, que la plaza no es tan grande. Me senté a la sombra de los laureles, frente al kiosko. En el portal saludé a los boleros que llevan ahí más de cuarenta años, que ahora les enseñan el oficio a sus nietos. Volví a la casa donde pasé mi infancia, tan distinta ahora pero tan viva en mi recuerdo.

Me traje fotografías que mi madre atesora: mi abuelo Salvador, en campaña, vestido con su uniforme de cristero. Su rostro me es tan ajeno, es un jovencito de veinte años, flacucho, con porte de actor de película muda. Mi padre con sus compañeros de generación, posando en la puerta del primer hospital donde ejerció la medicina. Fotografías donde estoy con mis hermanos, subiendo las pirámides de Palenque, ocultando una sonrisa frente a la cámara. Retratos donde estoy yo con mi sobrina María, en brazos, en su primer cumpleaños. Hace diecisiete años, me digo. Compruebo cuánto cabello he perdido, que me ha encanecido la barba. Busco en su mirada ese otro que fui, siento que me mira de frente y me desconoce. ¿Yo fui éste?, me preguntó, ¿y el viejo que terminó siendo mi abuelo fue ese jovencito con fusil al hombro? ¿y mi madre esa mujer radiante que sonríe sin pesar a mi padre en su viaje de bodas? Cuántas personas somos tan distintas a lo largo de la vida sin dejar de ser uno mismo.

Ayer vi en el cine El secreto de sus ojos, la nueva película del argentino Juan José Campanella, y de golpe me volvió el recuerdo de Buenos Aires, el olor de sus mañanas, el ruido de sus cafés, la música del Homero Manzi, sus tormentas de invierno en pleno agosto, y me dije, quiero volver. Revivir el pasado que nunca deja de latir en nuestras venas, de reposar en el fondo de la mirada. ¿Por qué idealizamos lo vivido, por qué creemos que aquello fue mejor que esté presente moribundo y monótono? Uno recuerda con amargura resignada las ciudades donde fue feliz. Uno quiere volver de nuevo a esa gente, a compartir la misma mesa, la lectura bajo la misma lámpara. Uno nunca puede comenzar a vivir el futuro porque el recuerdo aplasta la cotidianidad. Uno siempre añora volver.

Volver a la infancia despreocupada, volver a componer el primero noviazgo. Volver al blanco y negro de la fotografía. Volver a escuchar el lado B de cierto disco, para volver a soñar que vuelo. Volver a decir sí en el momento justo. Volver a pedir perdón cuando mi silencio perturbó su mirada. Volver por lo que fue mío cuando ni siquiera me di cuenta cuándo lo perdía. Volver por el abrazo del amigo que se quedó en el camino. Volver a aquel trabajo que detesto pero que me dio seguridad económica. Volver a la poesía, a escribir, a releer los libros dedicados. Volver como si nunca me hubiera ido, como si nunca hubiera dejado ese puerto, como si el destino no fueran aguas que inevitablemente corren hacia el despeñadero. Volver por un instante, a veces sólo eso es suficiente para sentirme otra vez vivo.


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Rodolfo Naró, Tequila, Jalisco, 1967. Poeta y narrador. Su novela El orden infinito, fue finalista del Premio Planeta 2006. www.rodolfonaro.com.mx
Foto: Archivo personal.

5 comentarios:

Ananí Muñoz dijo...

Será que se puede volver a ese instante justo, -que resultan ser muchos!?..volver a esos otros que fuimos..
Quisiera regresar a ese momento en que tenía fe y creer que sí..

Precioso escrito..un saludo y un beso

Luis Espinosa dijo...

Con estos comentarios pareciera que todo timepo pasado fue mejor. pero estoy convencido de que no fue asi.
Ma llama la atencion que tu abuelo haya sido Crsitero, que fe tan distorcinada tenian.
me gusta la forma tan sencilla y actual del escrito.

Ix Karvy dijo...

Ándale, estás guapísimo en la foto, aunque no tanto como la hermosa María

Rodolfo Naró dijo...

Ix Karvy,

gracias por lo de guapo...

sinue... dijo...

justo son esos los días que me paso buscando en las tardes de ahora cuyos augurios no me son tan espectaculares como los de antaño. Mucha gente se quedó en el camino, y yo sigo al igual que tu, espeando encontrarla al doblar cualquier esquina...
Un abrazo fuerte Naró.
Salud por el ayer.

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