domingo, 2 de octubre de 2011

Todo por amor

Mi instinto de supervivencia me hizo detener mis pasos y ver lo que pasaba del otro lado de la calle. Nadir y yo salíamos de una fiesta de la editorial Sexto Piso. Momentos antes de abordar el taxi que nos esperaba para volver a casa me fijé que, con gritos de machín de barrio, una docena de policías tenían rodeado un BMW y a su conductor con las piernas abiertas y los brazos puesto contra la lámina del auto. Eran las tres de la madrugada. Era un jovencito descanso.

Nadir me dijo que estaban a punto de golpearlo. Mira está llorando, me señaló. Me acerqué a ver lo que pasaba y me fijé que vestía un pantalón de pijama y una camisa echada encima al azar. Calzaba unas medias de hacer deporte, negras ya de tanto pisarlas. Efectivamente era un muchacho de 16 años, había salido de su casa a buscar a su novio que amenazaba con suicidarse. Ambos vivía cerca de dónde estábamos. Desesperado, Bernardo había tomado el coche de su padre, había dejado los zapatos deteniendo la puerta de su casa, para evitar que se cerrara y acudía al llamado de su amor.

La policía lo detuvo porque, sin saber conducir, se había pasado una luz roja y al tratar de esquivarlos, había doblado en contra sentido en una calle donde otra patrulla le cerró el paso. Les dije a los policías que era mi primo, que yo me hacía cargo, que me hicieran el favor de soltarlo. Déjeme ver qué está pasando oficial, le ofrecí al “comandante” tratando de ocultar mi propio aliento etílico. Bernardo y yo nos metimos en el coche y me dijo histérico, ayúdeme por favor, no quiero que me lleven preso. Tengo mucho miedo, mi papá me mata si se entera o mi chico se muere.

Los ruidos de la noche se habían convertido en un silencio de siglos. Afuera los policías esperaban como lobos al pie de un árbol. Tienes que descender para seguir caminando. No pasa nada, nadie va a morir en las próximas 24 horas, le aseguré, sin imaginarme que meses después Nadir y yo estaríamos rodeados de policías y en peores circunstancias. Hablé con el “comandante”, le expliqué un caso de extrema urgencia que, por supuesto no me creyó, él lo que quería era dinero para no proceder contra el menor. Le di un billete grande, después de escuchar un sermón sobre faltas a la moral, hasta que al final soltó: dígale a su tío que a su hijo ya le hace falta una mujer, antes de que acabe en malos pasos.

Bernardo estaba tan nervioso que me pidió llevarlo a casa de su amante. Nadir y yo despachamos al taxista que se había quedado a ver la trifulca y los tres nos subimos al BMW. En pocos minutos nos contó su vida, sus enamoramientos. Nos dijo que todo lo había hecho por amor. Dejar las almohadas debajo de las cobijas, abrir el portón eléctrico de su casa de manera manual, sacar el auto de su padre poco a poco y encenderlo a media calle. Hiciste bien, el don de amar es privilegio de unos cuantos, le dije. No tuve tiempo de vestirme, mi novio se moría y yo no podía perder un minuto más, me contestó ya sin llanto, moviendo las manos como si fueran alas de libertad.


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Rodolfo Naró, Tequila, Jalisco, 1967. Poeta y narrador. Cállate niña es su nueva novela y Ediciones B su nueva casa Editorial. www.rodolfonaro.com

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