domingo, 11 de diciembre de 2011

Bodas de oro


Nadie supo quién dejó manejar al señor Cadena el coche de los novios. Era un hombre de avanzada edad, miope como luciérnaga al mediodía. Jefe de la oficina de Hacienda de Tequila, recién llegado de Ciudad Juárez. De esos personajes aprontones que hacen lo posible por ser tomados en cuenta. El coche era un Cadillac, 1958 que les había prestado a mis futuros padres don Javier Sauza.

El señor Cadena fue solo un eslabón de los hechos que se interponían entre los futuros esposos. La boda se celebró el 8 de diciembre, en pleno Adviento de la Iglesia. Cuando les dieron el permiso para casarse en esa fecha, mi madre tuvo que jurar ante la Biblia, en el Arzobispo, que no estaba embazada. Si la señorita está esperando, tendrán que casarse en la primera misa del día, a las seis de la mañana, les dijo el arzobispo antes del juramento. Ahora nadie sabe porqué mi madre se empeñó en casarse en esa fecha, en la última misa del día y en el templo de moda: Aranzazú. ¿Quién descifra los caprichos de una novia?

Tampoco nadie supo porqué los novios iban solos en el Cadillac con el señor Cadena. El coche iba decorado para la ocasión, con moños y gran arreglo de rosas blancas que resaltaban en su chapa negra aceitunada. Habrá sido por los nervios o por la miopía del chofer o habrá sido porque ninguno de los tres conocía la ciudad que, al salir del estudio fotográfico a unas cuantas calles de Aranzazú, el señor Cadena se perdió. Manejó en contrasentido, huyó de la policía de tránsito, limpiaba y volvía a limpiar el grueso cristal de sus lentes. La calle se llenó de sonidos de claxon, patinar de llantas al girar a la izquierda, luego a la derecha, a ciegas y a sordas volvían al mismo lugar del que habían partido.

Mi abuelo Salvador le reclamaba a su consuegro José un posible rapto. Mientras el atrio de Aranzazú era un ir y venir de mujeres enguantadas y sombreros con mallas a medio rostro, de vestido largo, campanazos y niños pajes con las manos llenas recuerdos. La iglesia estaba decorada con flores de magnolia en grandes jarrones dorados a lo largo del pasillo, la alfombra en rojo púrpura remataba en un altar lleno de brillos de oro. Al cura no le importó la tardanza de los novios ni la miopía del señor Cadena ni la pistola que mi abuelo Salvador traía fajada a la cintura, puntual empezó la misa de siete.

En mitad de la comunión llegó el Cadillac. La novia bajó arremangándose el vestido, había sido confeccionado con la cauda de ocho metros de largo del otro que había lucido un par de años antes cuando fue reina de las Fiestas Patrias. No quiso usar su corona, porque ya no era nueva, como tampoco hubiera sido bien visto que irrumpiera la misa de su boda, ni que llorara al ver a los elegantes invitados que la recibían con caras largas. Hoy me caso, le dijo a su papá. Claudio, su cuñado, al ver que el señor Cadena se acomidió a ir a San Francisco, el templo de enfrente, a hablar con el cura que preparaba la misa de ocho, se le adelantó y zanjó el asunto.

Tenían que cruzar la avenida 16 de Septiembre para llegar a San Francisco y en pocos minutos, había que mudar las flores y la alfombra de una iglesia a otra. Porque Cecilia, la segunda hija de Salvador Fonseca no iba a casarse en una iglesia sin decoración. El policía de tránsito que los había perseguido paró el tráfico y entre todos los invitados acarrearon los jarrones, las canastas con el arroz, las pieles de zorro de las mujeres. Para que la novia no cruzara la calle en plena mudanza, volvió a subir al Cadillac, el señor Cadena le dio una vuelta a la manzana y llegó como estaba planeado, del brazo de su padre.


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Rodolfo Naró, Tequila, Jalisco, 1967. Poeta y narrador. Cállate niña es su nueva novela y Ediciones B su nueva casa Editorial | www.rodolfonaro.com

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