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domingo, 10 de enero de 2010

Sandro





Pasé la infancia con la música de Sandro pegada al cuerpo. Me sabía sus canciones de memoria y a veces imitaba su modo de bailar. Era el cantante favorito de mi madre, había otros, Raphael, José José, Marco Antonio Muñiz, pero Sandro la hacía recordar.

En 2005 que viví en Buenos Aires, pronto encontré una casa de discos donde pudiera comprar su música, Zivals, en la esquina de Corrientes y Callao. Caminaba las calles de San Thelmo, barrio de tango y anticuarios buscando afiches de sus películas. Conseguí los de Gitano, El deseo de vivir, Operación Rosa Rosa.

Sandro siempre me pareció un James Bond que bailaba como Elvis y conquistaba mujeres al estilo Mauricio Garcés. Quizá fue porque en España apenas lo conocieron o por ser el primer latino en cantar en el Madison Square Garden o por abarrotar los escenarios de todo el continente que se ganó el apelativo, de América, Sandro de América.

En sus conciertos, sus “nenas”, como él llamaba a las fans, enloquecidas, le aventaban al escenario los calzones que llevaban puestos. Él se hizo un coleccionista de bombachas. Los guardaré en mi corazón, les respondía emocionado oliéndolos con furia, apretándolos contra su pecho.

Los médicos a finales de los noventa le diagnosticaron enfisema pulmonar. Enfermedad que lo postró en la cama. Él mismo aseguró que por fumar desde la adolescencia ahora estaba directamente discapacitado, por no poderse mover. Así que el pasado noviembre intentó un trasplante de corazón y de pulmones porque los suyos estaban saturados de tanta pasión y humores. ¿Podrías seguir siendo el mismo Sandro que compuso Porque yo te amo, Así o Quiero llenarme de ti, con el corazón y los suspiros de otro?

El lunes 4 de enero murió, dejando millones de copias vendidas de sus 52 discos, 12 películas y miles de nenas acompañando su cortejo fúnebre, arrojándole claveles rojos a su paso. Murió en los brazos de Olga, su esposa desde el 2007, quien no logró sacarlo del autoexilio de su casa de Banfield, al sur de Buenos Aires. Siempre había mujeres acampando por meses en la puerta, para encontrárselo al salir o verlo al asomarse a la ventana. En sus últimos momentos de lucidez, Olga cumplió su voluntad y, a escondidas de los médicos del Hospital Italiano, lo arropó con todos aquellos calzones que aspiró tantas veces para llenarse de vida.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com


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