martes 16 de junio de 2009

El horror






En nombre de Dios, en nombre del amor, se han edificado grandes crímenes que ahora todos admiramos. Sería imperdonable estar en China y no caminar la Gran Muralla que corre a lo largo de 6400 kilómetros y que tardó varios siglos en construirse, cobrando la vida de 10 millones de trabajadores, esclavos de países conquistados, muchos de ellos tapiados en sus paredes. Si viajamos a la India sería impensable no conocer el Taj Mahal, el mausoleo más fastuoso del mundo, construido en 1654 para el eterno descanso de la esposa del Shah Jahan. Para su edificación se necesitaron más de 20 mil obreros, artistas y artesanos, a los cuales se les amputaron las manos para que no repitieran semejante hazaña.

El 7 de junio del 2007 en Lisboa, Portugal durante una gran fiesta se escogieron las 7 maravillas del mundo moderno y entre ellas, además de las dos anteriores también quedó el Coliseo Romano, un circo donde murieron tantos esclavos, cristianos, perseguidos y que hoy es símbolo de una ciudad. Quizá después de mil años los campos de concentración nazi, ahora con paseos turísticos reservados por internet, sean también una maravilla del mundo. En la construcción de las grandes catedrales góticas no hubo quien documentara accidentes o decesos, como sí asentaban las entradas y salidas de herejes en los calabozos del Santo Oficio, tan comparables con los crematorios nazis. También contabilizaban las maravillas que iban descubriendo en las Indias, donde fue necesario arrasar con la espada para evangelizar y construir un nuevo mundo.

Pero también en México tuvimos lo nuestro. Se dice que los aztecas utilizaban la sangre de sus víctimas para la construcción de sus pirámides y templos. Tal vez de ahí venga la costumbre de celebrar el 3 de mayo o día de los albañiles, fiesta en la que se consagra una cruz en la obra y se ofrece una gran comida que siempre termina en borrachera. La creencia de los obreros al bendecir la construcción es para que no haya accidentes pues, como refiere En el hoyo, de Juan Carlos Rulfo, documental que sigue la construcción del segundo piso en el periférico defeño: "Todas las grandes obras necesitan almas para que amarre. Es el diablo que pide una cuota de sangre".

Podría seguir enumerando grandes obras, como el castillo de Laeken o el Palacio de Justicia de Bruselas, edificados por Leopoldo II, de Bélgica, hermano de nuestra loca emperatriz Carlota, quien durante 33 años tuvo en el corazón de África su jardín real, y en el cual murieron brutalmente asesinados 10 millones de congoleños. El Puente Brooklyn en Nueva York, construido entre los años 1870 a 1883, donde murieron 27 personas, casi todos presos de cárceles federales. La torre Eiffel sólo cobró la vida de un obrero sentimental que, por presumir a su novia su hazaña de herrero calificado, en un día de asueto de 1887 se subió hasta la primera planta y cayó al vacío. La excepción de la regla sería el Cristo del Corcovado, en Rio de Janeiro donde milagrosamente no murió nadie en su construcción de 38 metros de altura.

Sin embargo, cuando he estado en algunos de estos lugares, por más que quiero verlos desde su magnitud y belleza me es inevitable dejar de pensar en la devastación y el crimen sobre los cuales muchos de ellos se han erigido. Así como la ocupación del Amazonas por madereros, fraccionadores, latifundistas y ganaderos que siguen quemando la selva por ganar más hectáreas de llano para engordar sus vacas, haciendo de Brasil el principal exportador de carne vacuna en el mundo. La interminable guerra de hutus y tutsis por el control y riqueza del Parque Nacional Virunga en el centro de África, hábitat del gorila lomo plateado. La explotación de la Selva Lacandona en el sur de México. La ruina del paisaje natural de Tabasco por los yacimientos de petróleo. Cada brillante que se regala en un anillo de compromiso y que también cobra su respectiva cuota de mineros. Después de leer Cambio climático ¿Apocalipsis ahora?, reportaje de Agustín del Castillo en el periódico Público (5/06/2009), y caer en cuenta que en nombre de la supervivencia, la civilización y el progreso seguimos talando, perforando, explotando, construyendo, pariendo, no me queda más que decir como el moribundo Kurtz, en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, "¡El horror! ¡El horror!"

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Imagen en contexto original: Elsrodamons.org

viernes 5 de junio de 2009

El Aguascalientes






En el mundo literario ahora vivimos la época de los premios. El tiempo de los editores, como Carlos Barral, fue en los años cincuenta del siglo pasado. A finales de los sesenta los agentes literarios marcaron la pauta, no tener uno representaba para el escritor quedarse sólo en sus laureles. Despuntaron figuras como la catalana Carmen Balcells, quien por esos años visitó México con una agenda apretada de citas, entre ellas con Rulfo y Arreola, este último no supo exactamente qué era eso del agente literario y la dejó pasar. Pero desde hace por lo menos dos décadas la mercadotecnia nos ha alcanzado y las reglas del juego las rigen los premios literarios, más de tres mil al año en España y cientos más en México y Latinoamérica. Los hay chiquitos y grandes, de cuento, novela, ensayo, dramaturgia, poesía y más. Escritor que no tiene su premio pasa desapercibido. He estado en reuniones donde, al presentarme a alguien antes de su nombre me dicen, es premio tal, como si fuera un título de licenciatura o maestría.

Desde hace unas semanas se ha desatado un feroz debate entre poetas y amigos escritores, por si hubo intertextualidad o plagio en el reciente Premio de Poesía Aguascalientes otorgado a Javier Sicilia con Tríptico del desierto, cuando ha sido una tradición natural del ser humano una cosa y la otra. Desde que nacemos crecemos imitando a nuestros padres, tratamos de parecernos a ellos. En el caso de la literatura Rubén Darío cuando comenzó a escribir, imitaba de cierta manera a Gustavo Adolfo Bécquer, y Pablo Neruda en sus primeros versos quería seguir los pasos de Rubén Darío. Lo mismo le pasó a Jaime Sabines al tomar como ejemplo a Neruda. El trabajo de todo creador, el reto de todo artista no es redescubrir el hilo negro, sino reinterpretarlo a través de su experiencia de vida. Romeo y Julieta, la gran historia moderna de amor vio la luz en el siglo XVI, y desde entonces, poetas y narradores sólo hemos reinventado personajes y situaciones con lenguaje e imágenes actuales y propios.

Esta misma intertextualidad o representación la hemos visto en la pintura. ¿Cuántas versiones hay de Las Meninas de Velázquez? Picasso también hizo la suya, chuecas por cubistas, pero Meninas al fin. En arquitectura hay tantas similitudes entre las obras de Ricardo Legorreta con las de Luis Barragán en formas, espacios y colores que podrían confundirse. En cine es uno de los recursos más usados. Se repiten escenas de películas clásicas, como guiños o pequeños homenajes. Conozco a más de un director que siguen buscando los cielos de Gabriel Figueroa.

Nadie está ajeno a la intertextualidad y a la crítica. En mi novela El orden infinito, retomo a un personaje de Rulfo en Pedro Páramo: Abundo Martínez, el arriero que guía a Juan Preciado hasta Comala. Un personaje secundario y desdibujado que termina adquiriendo la fuerza necesaria para dar muerte a Don Pedro, su padre. También en mi novela, Abundio es un personaje secundario pero determinante para el desenlace. Como Caronte y Cancerbero, de la Divina Comedia de Dante Alighieri haciéndose presentes para guiar al capitán cristero Salvador Fonseca al infierno de la Hacienda Abajo.

En mis primeros libros de poesía hay sonetos semejantes a los de Amado Nervo, influencias de Elías Nandino, lo que le valió a mi poemario Del rojo al púrpura la ácida crítica de Luis Armenta Malpica en el diario Tabasco hoy (6/10/2002), “Y es que Rodolfo Naró atrajo para sí lo peor de Nandino: sus Alburemas”. Después vendría Sabines y en mis libros recientes de Pedro Salinas o Borges. Pues como declarara Francisco Hernández, jurado del certamen de este año: “Hay una frase de no sé quién que dice: la poesía debe estar hecha para todos. Eso fue lo que advertimos en el texto de Sicilia, estamos perfectamente conscientes de lo que estábamos haciendo y sabíamos de dónde venían las líneas y fragmentos que estaba usando”. Como el Premio de Poesía Aguascalientes se ha hecho polémico por ser parteaguas, la consagración para quien lo gana y más desde el año pasado que el jurado lo declaró desierto, manifestando que ninguno de los 207 manuscritos cumplía con el nivel de excelencia indispensable para el prestigio del Premio, asimismo Tríptico del desierto, el nuevo libro de Javier Sicilia, fiel a su estilo de dialogar con sus maestros, seguirá despertando conciencias en cada lector.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Imagen en contexto original: La Jornada Semanal, poster de celebración de los 40 años del Premio de Poesía Aguascalientes.

sábado 23 de mayo de 2009

Carlos Salinas de Gortari





Sólo tres veces he estado en Los Pinos. A finales de los setenta mi padre era Presidente Municipal de Tequila y resultó que los antepasados de José López Portillo eran de allí. Por lo que en varias oportunidades su familia estuvo en mi casa. Con todo despliegue de seguridad. Eran los tiempos de la Liga Comunista 23 de Septiembre. Se organizaba comida para más de 200 personas, y en autobuses oficiales, llegaba Doña Cuquita, madre del presidente, y sus hijas Alicia y Margarita López Portillo, con ellas iban escritores, actrices, pintores, periodistas, empresarios de distintas Cámaras, diputados, los alcaldes de Guadalajara, Zapopan y Tlaquepaque, guaruras y coleros. El gobernador y su esposa arribaban en helicóptero. Los recibían con una margarita hecha con tequila Orendain y música de marimba. Eran comidas para hacer acuerdos, inaugurar escuelas, poner la primera piedra de un campo de juego.

En retribución, cuando mi madre, en su calidad de Presidenta del DIF Municipal, viajaba a la Ciudad de México a arreglar algún asunto de su cargo, empataba el viaje con la periódica revisión médica de mi columna. La señora Margarita mandaba un chofer por nosotros al hotel donde nos hospedábamos. Entrábamos por la puerta 2, llevando como regalo, siempre lo mismo, una orquídea natural en una caja cuadrada, que yo entregaba a la hermana del presidente. Por ese entonces yo tenía 10 años de edad.

Fue hasta mis 22 cuando volví a entrar a Los Pinos, por la misma puerta 2. Gobernaba Carlos Salinas de Gortari. El hermano de mi cuñado trabajaba en la Secretaria Particular y en un viaje que Jaime hizo al DF me pidió que lo acompañara a saludarlo. A lo mejor conoces al presidente, me dijo, sabiendo de mi admiración por él. En mi oficina tenía colgada la foto oficial de su sexenio, seguía sus discursos y hasta imitaba su tono pausado al hablar. El presidente era muy metódico y el hermano de Jaime, conociendo su agenda, me pidió que le trajera su portafolio del auto. Al salir, vi al presidente caminar hacia mí, iba hablando con algún secretario. Me quedé paralizado. Ahora entiendo porque Diego Fernández de Ceballos, quien fuera en lo público su acérrimo enemigo y en lo privado un colaborador más de sus triquiñuelas, sigue acatando sus órdenes, según relata Carlos Ahumada en su libro Derecho de réplica. Pasó a mi lado sin notar mi presencia y yo no atiné siquiera a decirle: sí, presidente.

Hace 20 años de ese encuentro, y Salinas aún sigue manejando los destinos del país con la caja chica de sus ahorros. Tampoco me sorprende la cobardía de su predecesor Miguel de la Madrid que siempre ha sido corto de vista y falto de tamaños como él mismo lo expresa al referirse a Joaquín Hernández Galicia, líder del sindicato de petroleros de aquel entonces: “Yo lo fui evitando a lo largo de mi gobierno porque era un líder muy fuerte y no quise arriesgarme a tener un enfrentamiento violento con él”. Así también, en la misma entrevista con Carmen Aristegui al preguntársele cómo se siente al haber designado a Carlos Salinas como su sucesor en la Presidencia de la República, confiesa: “Me siento muy decepcionado, me equivoqué”.

Lástima que no podemos conocer la opinión de José López Portillo sobre él. Miembros distinguidos del partido que enarboló los principios de la Revolución y que gobernó por más de 60 años cada municipio de este país, llevando la corrupción a todos los niveles de gobierno, prostituyendo a la clase política mexicana y cada seis años montando el teatro de las elecciones presidenciales, cuando es preferible que democráticamente todos digamos “nos equivocamos” como sucedió con Fox y no dejar que un pobre hombre cargue con ese peso en su conciencia. Hace unos días Miguel de la Madrid se ha desmentido diciendo que padece “serios problemas de salud”, los cuales me constan. El mes pasado coincidí con él en el cine de Altavista, me sorprendió verlo caminar lentamente cogido del brazo de un guardaespalda, tan achicado que, si no fuera por su esposa, habría pasado desapercibido.

Hace muchos años que tiré a la basura todo recorte que tenía de Carlos Salinas y hasta su tarjeta personal que llegó a la casa de mis padres unos días antes de la boda de mi hermana. Sólo conservo el regalo que mandó y que tanto ella como mi cuñado, al separarse, no quisieron conservar. Es una pequeña bandeja de plata que, como las promesas de matrimonio y de gobierno, tampoco ha servido para nada.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Imagen: Archivo personal del autor. © Rodolfo Naró, 2009. Todos los derechos reservados.

sábado 9 de mayo de 2009

Influenza





Extraño mi vida de antes. Desde hace una semana estoy refugiado en mi casa, sano y salvo, con suficiente comida para resistir. Leyendo como un condenado, como no tengo televisor y me han cerrado el cine que me queda a una cuadra y es mi vía de escape nocturna, sigo con mis lecturas atrasadas, libros, diarios, revistas, buscando en internet lo que resulte. Cuando me asomo por la ventana veo las calles del DF desiertas, sin ruido. Parece la adaptación al cine de la novela de Saramago, Ensayo sobre la ceguera. He leído ya tantas historias que también me recuerdan a Rec, la película española sobre un virus mutante que hace que se coman unos a otros.

Esta influenza ataca por igual a chicos y grandes, ricos y pobres, políticos o deportistas, como el caso de Manuel Camacho Solís que estuvo hospitalizado, varios días en Terapia Intensiva al borde de la muerte o Mario Ordiales quien apenas al llegar de Estados Unidos cayó en cama y ayer fue dado de alta. El primer brote de influenza en el siglo XX, el más crudo en el mundo ocurrió entre octubre de 1918 y verano de 1919, propagado por los movimientos masivos de soldados de la Primera Guerra Mundial. La gripe española como le decían, por ser España el primer país que masivamente la dio a conocer, cobró la vida de casi 50 millones de personas en todo el mundo. Sólo 25 millones en las primeras tres semanas en Europa, 17 millones en India y más de 5 mil muertos en México, el último mes de de 1918.

Aquella influenza era del tipo A H1N1, igual a la que ahora tenemos en México, la cual se originó en un pueblo de Kansas, Estados Unidos y viajó por barco en las alforjas de los soldados que la contagiaron a los otros en los campos de batalla, al besar a las mujeres que enamoraban o simplemente por un escupitajo. Muchos pensaron que era un arma bacteriológica de los alemanes, acusación que pronto se resolvió al quedar diezmado un batallón en Boston, Massachusetts, que esperaba su turno para embarcarse a Europa. En un mes cobró la vida de 45 mil soldados.

Seguramente el más ilustre de aquellos enfermos fue el pintor Egon Shiele quien murió el 31 de octubre de 1918, tres días después de Edith, su esposa, con seis meses de embarazo. Shiele tenía 28 años y había sido un destacado alumno de Gustav Klimt. A Shiele la sociedad austriaca lo consideraba un pervertido y fue muy criticado por sus desnudos expuestos, por las poses provocativas de sus modelos, las que algunas veces eran menores de edad. Estuvo en la cárcel y muchos de sus cuadros se quemaron. Sería hasta 1928 cuando el científico escocés Alexander Fleming descubrió la penicilina, la que más tarde estandarizaría en el mundo Estados Unidos a partir de la Segunda Guerra Mundial, lo que contribuyó a que la influenza de 1968 sólo matara en Hong Kong a un millón de personas y controló la gripe aviar del tipo H5N1 que también azotó a China en 2003.

En el diario leo que la Organización Mundial de la Salud desde el 2 de abril alertó sobre un brote de influenza en una granja de cerdos en Perote, Veracruz, que por esos días 400 personas fueron atendidas en hospitales de la región. Ocasionando así una baja en el precio de la carne de puerco, tan perseguido y satanizado desde antes de la Era Cristiana que, por ser tan parecido su ADN al del humano es muy fácil que también enferme de gripa.

Se han suspendido labores. Han cerrado cines, teatros, conciertos, el fútbol. Antros. Table dance, si las prostitutas antes no besaban, ahora menos. Los restauranteros al borde de la quiebra. La gente sale con los carritos del supermercado copeteados de alimentos y montones de películas de Blockbuster. Los vuelos de México a Cuba y Argentina se han prohibido. Los periódicos hacen guías de entretenimiento en casa para no aburrirnos en tiempos de influenza, para entretener a los niños que han dejado los parques desiertos de sus gritos. Pero pocos recomiendan qué leer. La televisión hace su agosto. Los gobiernos de cada estado de la república dan su versión, manipulan cifras lo más que pueden. Los partidos políticos a punto de elecciones se pelean el protagonismo, la repartición de tapabocas. Lo que ha disparado incontables teorías de complots. ¿Llegará a ser delito andar por la calle con la cara descubierta? Mientras tanto seguimos aguantando en silencio, callados, con un mini burka tropical de oreja a oreja.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Imagen en contexto original: El economista.

jueves 30 de abril de 2009

El lector





Ayer fui al cine a ver El lector y me pasé toda la película llorando. Pero no es de la nueva peli del alemán Stephan Daldry de lo que quiero contarles ni del libro de Bernhard Schlink que apenas rebasa las doscientas páginas y que Audomaro Hidalgo me regaló hace por lo menos tres años, con una especial recomendación. Tampoco les quiero repetir lo que he leído en tantas críticas y periódicos sobre el libro y la película, que es una nueva historia del Holocausto, que si en algunos países la consideraron porno soft o como me dijera Carmen Boullosa el mes pasado que cené con ella, Schlink sabía que escribía un best-seller, le puso todos los ingredientes: Segunda Guerra Mundial, historia de amor transgresora con un adolescente y un misterioso pasado nazi de la protagonista.

A mí El lector no me pareció ni una cosa ni la otra, y si toda novela se escribe desde una emoción, sería la cobardía la que definiría cada gesto de los personajes, dos almas solitarias que se encuentran, sin importar su edad se enamoran, pero no se atreven a vivir su romance y por no enfrentarse a su pasado el presente termina cercándolos hasta tener un futuro sin cabida para arrepentimientos. Así he vivido yo los últimos 40 años de mi vida, evadiendo el presente. Por cobardía no viajé cuando pude, no aprendí otros idiomas. Los meses que estuve en Toronto, Canadá estudiando inglés, lo que no entendía no lo preguntaba, prefería evadirme, pasarme las 4 horas de clase en la librería Índigo, viendo libros, tocándolos, tratando de comprenderlos. Ahora me doy cuenta que, como Hanna Schmitz, en este tiempo quien no habla inglés también, de cierto modo es analfabeta.

Por cobardía estuve 18 años en la misma oficina, haciendo un trabajo que no me gustaba, aunque sí me implicaba retos y un buen nivel de vida, por cobardía no buscaba más, rehuía mi destino. Estuve en la posición cómoda de no querer volver a empezar. Era gerente de ventas de una empacadora de alimentos. Viajé por el país vendiendo mermeladas y chiles al mayoreo, acumulé kilómetros en las líneas aéreas, novias en cada ciudad y amigos que sólo hablaban de autos, cuotas y clientes. De mujeres que seguían añorando.

Sin embargo la peor de mis cobardías ha sido en el amor. No decidí oportunamente lo que me convenía. Nunca llegó el momento justo para formalizar una pareja, cimentar una familia, hijos. Presa del miedo no he podido defender mis sentimientos y he dejado para mañana el día que vivía con intensidad. Prefería escribir poemas, verme a la distancia como un personaje de novela, al que de un plumazo le puede cambiar la vida. Ahora no quiero repetir nombres de esas mujeres que en la playa o en el coche, mientras conducía, me leían sus libros de cabecera, sus autores favoritos.

Hasta hace un par de años he podido recomponer un poco. Sintiendo que así me liberaba de culpas cogí mi agenda y hablé por teléfono con mis antiguos amores. Fue una semana intensa. Una por una, cada noche las invité a cenar y en el momento del postre les pedía que me contaran lo que habían padecido a mi lado. De verdad quieres que te diga lo que pienso de ti, las escuchaba a punto de enfurecer. Fue como destapar la caja de pandora, una cloaca inmunda de suposiciones y malos entendidos. Escuché cosas monstruosas que podría asegurar jamás haber vivido.

Por eso quizá la película El lector cumplió su cometido y me confrontó. Eso debe ser el arte, un reflejo de nuestras fantasías y frustraciones, también de la vida misma. Recordé la noche en que terminé de leer el libro, el cual dilaté para no acabarlo pronto y cuando llegué al final, sentado en un autobús que no merecía la pena ser testigo del acontecimiento, aguardé hasta llegar a mi casa y terminarlo en mi estudio con música de Chopin y una copa de vino. Reflexioné acerca de cómo viven el amor los alemanes y los latinos, mientras que en El amor en los tiempos del cólera Florentino Ariza espera 50 años por el amor de Fermina Daza en El lector Michael Berg después de 18 años no sabe qué hacer con lo que siente por Hanna Schmitz. Releí los fragmentos que me habían conmovido, me terminé la botella de vino y me quedé dormido con el libro en el regazo, sintiéndome por primera vez el protagonista de mi propia película.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Imagen: The window blue. Todo cine. / Trailer de la película / En La Butaca / La novela El Lector en wikipedia

martes 21 de abril de 2009

Nombre propio




“Por el registro extemporáneo se le impuso al compareciente una multa que cubrió en la Tesorería Municipal”. Así dice mi acta de nacimiento enseguida del nombre de mi padre. Siendo el cuarto hijo de un médico de pueblo que viene de una familia numerosísima, tías que parieron una docena de hijos en promedio, pero que llegaron a alcanzar la veintena, como presumía mi tía Adela, de los cuales sobreviven 18, todos con dos nombres. Además si agrego que en el pueblo de mi padre se casaron tres hermanos de una familia con tres hermanas de otra, siendo mis abuelos paternos una de esas parejas, la repetición de nombres es un exceso.

Mi madre había resuelto llamarme Luis Fernando, como su único hermano, pero a mi papá le sonaba pomposo e imperialista, además que no quería un nombre repetido, por lo que hizo consenso familiar con sus tías, que para ese entonces muchas eran viudas y como rezaba la costumbre en la familia, vestían de negro desde el día de su viudez hasta el de su muerte, algunas desde los 38 años de edad, como mi tía Concha, quien no se quitó los trapos negros hasta los 68 que murió. Me cuentan que se reunían alrededor de mi cuna y opinaban entre ellas: la cara de quién sacó este niño. Se parece a mi hermano Fernando, sólo que él tiene los ojos azules, contestaba mi madre, confundida entre tantas opiniones.

El nombre marca a las personas, les delinea el destino, puede hacerlos únicos o dueños de una “patente”, como el caso del Cuauhtémoc político y el futbolista que no necesitan de su apellido para hacerse familiares. En la literatura ningún escritor es tan cercano como el Gabo. Lo mismo sucede con los apodos que también se heredan, en la universidad a mi mejor amigo le decíamos El Pollo y pocos sabían que se llama Alfredo Castellanos, ahora a su hijo mayor también le dicen así. El absurdo es cuando los hijos no saben ni cómo se llamaba su padre, les pasó a los Rulfo, cuando se enfrascaron en un pleito con la Feria Internacional del Libro de Guadalajara que cada año otorga el galardón Premio FIL, antes llamado Premio Latinoamericano y del Caribe Juan Rulfo, los cuales perdieron la demanda por no poner en los documentos oficiales el verdadero nombre del escritor: Juan Nepomuceno Pérez Vizcaíno.

El colmo ha ocurrido en los últimos años que ya no hemos sabido “bautizar” espacios públicos, teatros o museos y los denominamos con nombres genéricos, como Auditorio Nacional o Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México resumido simplemente en AICM. El abuso de las marcas por ostentar su liderazgo, en lugar de usar el nombre de artistas, científicos y próceres, nos ha llevado a tener un Centro Banamex y en Guadalajara un Auditorio Telmex. No me extrañaría que pronto haya una Plaza Jabón Roma, un Museo de Arte Contemporáneo TV Azteca, un Pasaje Durex o una Universidad Bimbo.

Lo difícil es encontrar una palabra que determine, constituya y defina, acertar el nombre adecuado para un libro, un poema o para cada columna. A mi padre le sucedió igual conmigo. Habían transcurrido casi seis meses de mi nacimiento y yo seguía sin bautizar, sin registrar y sin nombre, tan preocupante era el asunto que Carlota, mi abuela materna, me llamaba Sotero como el santo patrono del día en que nací. Hasta que terminaron de recorrer trescientos años de mi árbol genealógico resultó que no había ningún Rodolfo en la familia y ya no quisieron entretenerse en buscar el segundo nombre.

Como ya había pasado tanto tiempo y él atendía hasta 16 partos diarios, no supo qué contestar al preguntársele la hora de mi nacimiento y dijo la primera que se le vino a la cabeza. Lo peor vendría muchos años después. Al hacerme una carta astral, Patricia Burguete necesitaba la hora precisa, al preguntarle a mi madre y a mis tías también se confundieron con los horarios en que nacieron mis hermanos, pero terminaron asegurando que sí era correcta la fecha del 22 de abril como se lee en mi partida de nacimiento. De cualquier manera me hice la carta y he seguido mi destino, tan aventurado como el del hijo planificado a quien le apartan su lugar en la escuela y se le escoge el nombre con años de anticipación.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Imagen: Archivo personal del autor / © Rodolfo Naró, 2009. Todos los derechos reservados.

lunes 13 de abril de 2009

Neo-románticos




Los neo-románticos usan Converse. Pantalón de mezclilla prearrugados que arrastra y camiseta sin consignas sociales. Los más jóvenes se fajan el pantalón a media nalga, dejando ver un estampado calzón como símbolo de desparpajo, sin embargo todo está medido y calculado. Aunque parezca que están recién levantados o presuman que no se bañan desde hace tres días, es sólo pose. Han dejado de usar el saco para las grandes ocasiones, desterraron para siempre las corbatas y no tiene ropa reservada para el domingo, así como van a la universidad también lo hacen para la fiesta del sábado por la noche. Las mujeres odian la silicona. Dejaron de usar vestidos y la minifalda, a pesar de sus michelines adoran los pantalones a la cadera y enseñar el tanga de hilo dental al sentarse es parte de su coquetería. Como odian los zapatos de tacón y las medias, también llevan Converse, tiene un par de tennis para cada ocasión. La igualdad de sexos las hace besarse con chicos y chicas, es como un pacto de hermandad con su mejor amiga, sin haber en ello nada de desviación, es un free, una constante búsqueda espiritual.

Los neo-románticos son hijos de los yuppies y odian a los metrosexuales. Pero contrario a sus padres desprecian el dinero, la política y las relaciones de ellos para allanarse el camino. Quieren conseguirlo todo con sus propios méritos, pero no les gusta caminar, en México jamás usan el metro, el transporte público o el camión para ir a Acapulco, sin embargo a Europa se van de mochila con mil euros en el bolsillo, buscan albergues baratos y el transporte colectivo. Llevan una tarjeta de crédito de papá por cualquier eventualidad. A los 25 años de edad ya hablan tres idiomas, aunque no puedan escribir bien español. En su imaginario creen que todo mundo nace bilingüe. Aunque la mayoría no nació con la computación, han aprendido rápido el cyberlenguaje. A pesar de tener siempre el celular a la mano, no lo usan como teléfono sino como otro medio más para navegar. Tienen maestría y doctorado antes de los 30, cultura Animal Planet y recuerdos como videos de youtube. Ya no usan lentes de contacto, sino de gruesa pasta de colores vivos. Leen libros manga, novelas gráficas y adoran las películas de Tim Burton y Zack Snyder.

Para ellos la música de ayer es la de hoy. Escuchan versiones remasterizadas de Depeche Mode, Queen, y Rolling Stone. Bailan a brincos. Van a conciertos de Raphael y Chavela Vargas. Creen que inventaron el yoga y los extremistas se afilian a PETA o Greenpeace. Por lo general no mezclan bebidas, lo de ellos es la espiritualidad, así que beben mucha agua, porque la tacha les reseca la boca. Constantemente están viajando y todo les parece que está a la vuelta de la esquina. Se mimetizan con el paisaje y dan igual importancia a las ciencias exactas que a las artes. Sienten pasión por el cine. Lo de ellos no es la actuación, pues andan sin caretas por la vida. En su fuero interno palpita el sueño de dirigir. Ser director de su propia película. Hace unos años conocí a Juan Luis. Él en ese entonces tenía 22 años. Es hijo de un tiburón financiero, que no sólo manda a hacer sus trajes y camisas, a las que les borda su nombre, sino que calza zapatos a su justa medida. A Juan Luis le gustó la poesía. Prefiere leer a Byron en su idioma original, escribir, editar libros y revistas, producir publicidad, imaginar nuevas campañas ecológicas y jugar Xbox solo en su casa, con amigos que pueden estar a miles de kilómetros de distancia, en cualquier ciudad del mundo.

La única constante que no ha variado es la búsqueda del amor, el miedo a la soledad. Pues a pesar de ser una generación cada vez más individual encuentran compañía en el chat, Facebook o en match.com. Son otros códigos igual de efectivos y comprometedores. A ellos, la Generación Cero, como les han denominado los antropólogos, por encontrarse con cero posibilidades de empleo, cero perspectivas y cero independencia económica, son el triunfo y la derrota de sus padres workahólicos, que pusieron de moda el golf, de nuevo el martini y Lacoste. Ellos los neo-románticos que repudian la guerra y beben infusiones, Chai Latte o mokaccino, desde un sillón de Starbucks, enchufados a su ipod, ven pasar el día y no hacen más que esperar.
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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Imagen en contexto original
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domingo 29 de marzo de 2009

El luchador




Aunque esta columna debería llamarse El Santo o Blue Demon la he titulado con el nombre de la nueva película de Mickey Rourke pues con su soberbia actuación ha posicionado de nuevo a la lucha libre en el olimpo de los deportes. En Tequila cada sábado se estrenaba una película de El Santo, podía ser contra las momias de Guanajuato, los zombis o las mujeres vampiro. Era lo más parecido al James Bond que teníamos en México. Autos deportivos, bellezas esculturales y seductoras, donde el bien siempre triunfaba sobre el mal. Nunca me perdía las tres películas que pasaban de un tirón. El intermedio entre una y otra era de quince minutos, que aprovechaba con mis amigos para ponerme mi máscara y luchar entre los pasillos, probar nuevos saltos y llaves. Acabábamos casi asfixiados, con el cabello empapado de sudor. No había nada que nos aplacara, en casa seguíamos aventándonos del ropero, de las literas de mis hermanos, y en la noche dormía envuelto en mi capa, con la máscara bajo la almohada.

Pero contrario a lo que suponen, mi luchador favorito, no era El Santo ni Blue Demon sino Tinieblas el Gigante. Como siempre fui bajo de estatura por mi columna chueca, yo quería ser igual que el más grande luchador mexicano. Compraba sus cuentos de historietas y en la cabecera de mi cama pegaba sus fotos y pósters. Muchos años después, viviendo ya en el DF, mi sorpresa vendría cuando conocí a Fanny. Salimos durante varios meses y ya cuando pude ser digno de confianza para ella y su familia una noche de arrebato me confesó que su padre era Tinieblas el Gigante.

Todo coincidía, la miré con otros ojos. Su estatura, el recuerdo de las manos descomunales de su padre al saludarme y contrario a lo que cualquiera pensaría, había cierta timidez en su mirada. Para un enmascarado como es el caso de los luchadores en México, su máscara es su rostro, su identidad. Sacrifican la fama y el reconocimiento que les da la máscara, pues sin ella son totalmente anónimos, un transeúnte más. Supongo que debe ser una decisión difícil entrar al mundo del cuadrilátero y decidir si serás rudo o técnico, si cubrirás tu rostro y tu nombre. Sé de luchadores que ni a sus hijos, cuando son pequeños, les revelan su identidad, es como llevar una doble vida, como ser el Subcomandante Marcos y ocultar la identidad tras un pasamontañas. La siguiente ocasión que estuve en casa de Fanny me llevó al gimnasio donde estrenaba Tinieblas y que tenía instalado en un tercer piso. Ahí volví a ver sus botas, trofeos, las películas que yo imitaba en los pasillos del cine. Estaba en la casa de mi héroe, por fin le había visto los ojos y hasta me había besado con su hija.

Después de ese día entendí porqué cuando íbamos a la Arena México no pagábamos la entrada y nos recibían a cuerpo de rey, con asientos en primera fila, no como en la “arena” de Tequila a la que iba de niño cuando llegaban a pelear luchadores de quinta y que se improvisaba en el palenque de gallos. No hay mejor lugar para desahogarse como en la lucha libre. A voz en cuello ahora sí podía gritarle a los rudos que tanto odiaba, hacerle segunda a una vieja que se desgañitaba mentándosela y ventilando sus frustraciones a Rey Misterio, que al cabo iba bien acompañado y desde mi asiento veía como todos en la México cuidaban a la rubia que estaba conmigo.

Hay pasiones que nunca mueren y la mía por la lucha libre sigue siendo tan vigente que a veces he vuelto al ring a levantarme el ánimo, saludar a los amigos que hice y ver luchar a Invisible, un personaje de mi novela Un dardo en la voz que antes de salir al cuadrilátero me dijo: arriba del ring soy un animal, mato. Es una lucha cuerpo a cuerpo, donde se lastiman, se fracturan huesos, y acaban con la cara, la espalda, las manos hechas trizas. Un reto máscara contra cabellera es el mayor al que se puede enfrentar los luchadores, perder la identidad o el pelo en tan sólo tres caías sin límite de tiempo. Hace unos días que fui al cine a ver la película El luchador de Darren Aronofsky confieso que llevaba conmigo la máscara de otro de mis ídolos y en el último asalto de Randy The Ram Robinson quise gritar ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo!

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jueves 19 de marzo de 2009

Donante




Me gustaría seguir viendo con los ojos de otro cuando muera. Que mi corazón siga llevando ilusiones a los pensamientos de una mujer enamorada. Que mi hígado siga destilando nuevos sabores, especias, magníficos vinos. Todo comenzó con un poco de sangre cuando en 1901 el doctor Karl Landsteriner, Premio Nobel de Medicina en 1930 la clasificó en sistema ABO y décadas más tarde en Factor Rh. A mí me la cambiaron toda cuando me operaron de la columna. Ignoro si fue de una misma persona o de varias, pero como tengo una sangre muy corriente, O positivo, pudo haber sido de cualquiera. En febrero de 1983 en el consultorio del doctor Héctor Peón Vidales mi padre le preguntó si era segura, por esa enfermedad nueva conocida como AIDS, el SIDA aún no tenía traducción al español. El ortopedista le aseguró que estaba más que analizada y programó la operación para el 27 de julio del mismo año. En total fue más de un mes de hospitalización, ocho horas de quirófano, seis litros de sangre y, de las minas de Zimbabwe una aleación de platino con otros metales, para la barra de Harrington que rige a mi columna.

Cuando Edith Oropeza era editora de la revista Marie Claire, hizo un reportaje sobre fertilización in vitro, y visitó las instalaciones del Instituto Médico de la Mujer, entonces supimos que no sólo parejas infértiles acudían a ellos, también iban chicas solas que querían ser madres, mujeres al límite de edad fecunda que no tenían con quien procrear y un alto índice de lesbianas que vivían una relación estable con su pareja. Entre los servicios que ofrecían estaba un listado enorme de las características del donante de semen: estatura, color de ojos, cabello, medidas corporales, ascendencia, nacionalidades. Había donantes de Holanda, Francia, Inglaterra. Cualquier país europeo era el mayor competidor contra los de Estados Unidos, Argentina, Veracruz o Guanajuato. Así la mujer podía escoger al hombre de sus sueños entre más de 250 candidatos y tener un hijo de ese perfecto desconocido. Todo estaba garantizado, decía el informe al pie de página.

Eso fue hace seis años. Ahora leo que en Estados Unidos hay una clínica, LA Fertility donde los futuros padres no sólo pueden escoger el sexo del hijo, sino también el color de ojos, de cabello, quizá hasta el carácter. Sin embargo, otra cara del átomo de la ciencia ha descubierto el poder sanador de las células madre de la sangre del cordón umbilical. En la Feria del Libro de Guadalajara del año pasado conocí a Alejandro Gómez de la empresa mexicana Sangre de Cordón y me explicó que en la gestación, esas células son productoras de glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas que sirven para el tratamiento de leucemias, linfomas, diabetes, parkinson, cardiopatías y un sinfín de complejas enfermedades cerebrales, reumáticas, medulares. La criopreservación o congelamiento de las células a -190 grados centígrados las mantiene vivas pero inanimadas. También sirve para la regeneración de órganos, así como a la lagartija le vuelve a salir la cola si se la cortan, el hígado del humano puede regenerarse y crecer a partir de un pequeño segmento sano del mismo. Mientras que en Francia en 2005, se le hizo a una mujer el primer transplante de rostro y en Alemania, el año pasado a un agricultor le implantaron dos nuevos brazos que había perdido en un accidente laboral y en China en 2006 han hecho el primer y único transplante de pene, quizá en pocos años podamos auto regenerarnos igual que las lagartijas.

Y como yo he sido un paciente activo de la ciencia médica y he recibido la donación de tornillos y fierros de tierras lejanas no tengo empacho en donar sangre a la Cruz Roja Mexicana cuando está la campaña o en poner sí en mi licencia de conducir a la pregunta ¿donador de órganos? Lo único que lamento es no poder ser un donante de semen para esos centros especializados, pues por el gen de la columna chueca que heredé de mi madre y ella a su vez de mi abuela es posible que un hijo mío también tenga la escoliosis congénita que me sobrevivirá en una barra de finísimo platino.
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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com

jueves 12 de marzo de 2009

Cruce de vías




A caballo, Tarumba / hay que montar a caballo / para recorrer este país, / para conocer a tu mujer, / para desear a la que deseas, / para abrir el hoyo de tu muerte, / para levantar tu resurrección. Jaime Sabines escribió estos versos en 1956 cuando el tren todavía surcaba los aires de México, y digo los aires porque su sonido se escuchaba desde muy lejos. Era el progreso que parecía imparable cuando la época de Don Porfirio. Antes de él, en 1875 teníamos sólo 500 kilómetros de ferrocarril cuando Inglaterra tenía 22 mil. Durante su largo régimen, de 1880 a 1911 se tendieron 25 mil kilómetros de líneas y en 70 años de priismo sólo 5 mil más. Esos mismos ferrocarriles que el porfirismo tendió como una red para llevar orden y progreso sirvieron para que terminara de atraparnos en una revolución por la que muchos políticos todavía suspiran.

Escribo con la nostalgia del tren. Mis padres y yo cada seis meses abordábamos el que nos llevaría de Tequila a la Ciudad de México a mi revisión de la columna vertebral. Subíamos a las seis de la tarde. Apenas paraba unos minutos, todo era tan rápido que a veces no había tiempo para despedirnos de mis hermanos. A las 8 de la noche entrábamos a Guadalajara, donde nos asignaban una alcoba con litera, baño privado y agua corriente. Para cenar, en más de un invierno mi madre se ponía una estola de zorro para ir al vagón comedor, de manteles largos y lámpara Art Déco en cada mesa. Nos recibía el capitán de meseros para asignarnos la nuestra, que siempre estaba junto a una ventana por donde veíamos pasar la noche, las luces de un caserío perdido a lo lejos. Podíamos pedir filete mignon, spaghetti o cualquier sugerencia del chef. Se descorchaban botellas de vino y al terminar pasábamos al vagón fumador a tomar el digestivo, o mi madre un cognac, en su copa enorme, típica de película, con oleaje incluido por el traqueteo del tren.

Para despertarnos, a las 7 de la mañana, un hombre pasaba sonando una campanita, anunciando el servicio de desayuno. Huevos a la mexicana, chilaquiles o hot cakes. Obviamente éramos los mismos de la noche anterior sólo que un poco maltrechos y despeinados. Además de ser un viaje largo, era un viaje interior que se diluía con la lentitud de las horas. Hace un año que fui a Chicago a presentar El orden infinito y en Union State abordé un tren que me llevó a Detroit. Fue un recorrido de cinco horas. Era el mediodía del martes de carnaval y mientras en el Puerto de Veracruz, estaban de rumba, nosotros habíamos amanecido a 6 grados centígrados bajo cero. Todo estaba nevado y por mi ventanilla veía autos sepultados por la nieve, albercas semi congeladas, un campo blanco sólo trazado por las múltiples vías oscuras del ferrocarril y al pasar cerca de un canal navegable del Lago Michigan distinguí, semejando a un cementerio, pequeños yates en tierra, cubiertos con lonas, aguantando sus altos mástiles el viento y la nieve. A lo lejos los árboles, más flacos que el hambre, pero fuertes como la esperanza de la primavera.

Esa esperanza también me hacía estar alerta, por si un cruce de vías me hiciera encontrarme con mi destino. En mis viajes de adolescente al Distrito Federal a mis rutinarias revisiones médicas de columna, cuando viajaba solo, más de una vez tuve cruce de miradas en el vagón fumador, que terminaban siendo amores fugaces con mujeres mayores que yo. Solitarias y compulsivas, me hacían seguirlas de vagón en vagón, o algunas veces abiertamente me preguntaban ¿en tu alcoba o en la mía?

El tren en México no ha sobrevivido a tantos embates de malos gobiernos, al veloz crecimiento de las líneas aéreas, a la desleal competencia de las carreteras, con el impulso de las concesiones a las grandes constructoras, el cobro de peaje, el uso de gasolinas y supongo que hasta el entuerto con fabricantes de automóviles. Hemos seguido impulsando el uso del carro, abarrotado a las ciudades de microbuses, de coches, hemos dejado el Metro sólo para el Distrito Federal y en lugares como Guadalajara, Aguascalientes, Morelia o Monterrey donde ya es indispensable, se siguen construyendo grandes avenidas, pasos a desnivel, túneles que consumen energía eléctrica las 24 horas del día y que a los pocos años resultan insuficientes. Seguimos el modelo gringo de no caminar y hemos hecho del caballo un motor que nos está llevando no a conocer a nuestra mujer ni a levantar nuestra resurrección sino a abrir el hoyo de nuestra muerte, lenta.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Imagen: Fotógrafo Pablo Checu, su portafolio en flickr Cementerio de Trenes

miércoles 11 de febrero de 2009

El buen canario





No he sido muy aficionado al teatro, confieso que el cine, conmigo, le ha ganado la batalla. Además de que las butacas siempre son tan estrechas e incómodas como el asiento de un autobús de segunda clase, necesito que sea una obra contundente, que me haga reflexionar o me confronte, como Arte de Yasmina Reza (Premio Molière) que es la obra más representada en la historia del teatro mundial, en más de 35 idiomas. O aquella puesta memorable de Ignacio López Tarzo y Héctor Bonilla en El vestidor de Ronald Harwood. O la reciente Pillowman de Martin McDonagh. El teatro en México se ha tornado a la comedia y el albur fácil, tratando de aprovechar el éxito de la telenovela, en taquilla. Algo así me suponía que vería en El buen canario de Zach Helm, con Irene Azuela, Daniel Giménez Cacho Bruno Bichir y Diego Luna, entre otros, haciendo que el estreno coincidiera con Rudo y Cursi en cartelera. Todo es mercadotecnia, me dije. Pero tuve la oportunidad, antes de ir al Teatro de los Insurgentes, de buscar las críticas, de escuchar distintas opiniones y de leer el guión que editorial Sexto Piso editó en un libro digno de coleccionar.

El teatro estaba lleno, como han sido todas las funciones. Casi mil personas nos sentamos a ver la obra que comienza con Annie (Irene Azuela), sola frente al público haciendo una reflexión sobre el crecimiento personal y las condiciones naturales de la vida humana. Inmutable, se dobla y comienza a vomitar en un ataque de bulimia que volverá a suceder en varias ocasiones más durante el transcurso de las dos horas y media que dura la obra. Ella es el corazón del texto que Zach Helm escribió cuando tenía 22 años de edad, quizá autobiográfico, Helm a declarado que él sin su esposa no es nadie, así como Annie y Jack Parcker (Diego Luna), un escritor que firma un contrato millonario, en dólares, después del éxito de su reciente libro. Para Jack, Annie lo es todo y en cierto momento tendrá que decidir entre seguir escribiendo o salvar su amor. ¿Hasta dónde uno es necesario en la vida del otro?

Para muchos ella es una enferma que ama las anfetaminas más que a su propia vida, para algunos, que es mi caso, necesita amor, atención. ¿Cuántas veces he escuchado eso antes? Quizá ahí radica el éxito de El buen canario, que ha captado público de diferentes edades y estratos sociales, porque todos hemos sido Jack o Annie alguna vez. Los diálogos son inteligentes, mordaces, duros, te confrontan y te mantienen pegado a la butaca con la boca seca cuando escuchas decir a Annie: “¿Por qué debo luchar para vivir? ¿Qué gran premio me espera por seguir viva otros cincuenta años? Si la vida que dejé atrás fue inigualable. ¿Por qué si llego a los cien años y muero en paz en mi cama, sería más valioso que si hubiera muerto esta mañana? No hay escapatoria. No hay otro lugar. Donde quiera que vaya sigo estando en esta jaula.” Palabras semejantes me cruzaron el corazón y a veces también me he sentido encerrado en una jaula de ilusiones y miedos que no me han dejado vivir. Uno mismo va creando sus propios métodos de defensa que tarde o temprano comenzarán por revertirse.

El buen canario no es tanto la presencia de Diego Luna o la extraordinaria dirección de John Malkovich, a quien todo mundo recuerda como el seductor vizconde Valmont en Relaciones peligrosas ni es la sofisticada escenografía e iluminación que transporta, adaptación de Sergio Villegas, que en una de las escenas más conmovedoras donde Annie y Jack hablan en silencio, proyecta sus palabras sobre una pared. La obra es Ella, su mundo interior, su pasado y el futuro que siempre se nos está anunciando y que la mayoría de nosotros no queremos ver hasta que nos aplasta. La ovación de pie es para Irene Azuela, quien apenas en 2006 debutó en cine y es la que menos tablas tiene. Así como también se dice que el libro es mejor que la película y aunque la puesta en escena de El buen canario en México es una buena adaptación del texto original de Zach Helm, guionista de las películas El mundo mágico de Mr. Magórium y Más extraño que la ficción, la edición integra de la obra por Sexto Piso, con fotografías y comentarios, hacen que el libro sea mejor que un minuto de silencio después del aplauso.




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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Créditos de las imágenes: Portada del libro El buen canario (Sexto Piso, 2009) tomada de su web y publicidad de la obra de teatro de la página oficial.
Otra reseña en Ser siendo por Taika Ramé: ¿El buen canario: pía, grazna o canta?

viernes 30 de enero de 2009

Teresa y los libros





Yo estaba atrás de la barra sirviendo los tragos. Ella llegó caminando de la mano de su novio. Festejábamos el cumpleaños de Paula. Era el último día de enero. En la fiesta había escritores, peluqueros, actores, sociólogos, personas de por lo menos cinco nacionalidades. Teresa vestía una falda corta, muy corta para ser invierno, y un suéter de punto color marrón. Traía el cabello cortado al rape y un sombrero que la hacía más alta y delgada, al quitárselo, su nariz fue lo primero que me llamó la atención. Ninguna nariz como la tuya. / Mitad de tu rostro. / Perfil de iguana. / Abolengo de estatua. / Alta como alas. / Recuerdo de la madre España. / Puente de porcelana. / Pretexto para el aire. / Tercos mis ojos a tu cara.

Desde esa noche no nos separamos las siguientes semanas. Aprendí a leer su piel. ¿En qué momento uno se enamora? yo apenas tenía publicado Los días inútiles, mi primer libro de poesía y ella, siendo editora, leería las pruebas de Amor convenido, que saldría meses más adelante. Sin quererlo significó un destino para mis letras, un antes y un después. El corazón es un suburbio adonde nunca llega la ley, una villa indomable de pasión y claroscuros. Sólo tres meses estuvimos juntos, suficiente para escribirle Árbol de la vida, mi tercer poemario, el que comienza con la dedicatoria: Tiempo se escribe / con t de tuyo, / con t de Teresa. Como todas las rupturas, la nuestra la viví con la intensidad de un moribundo que apenas se ha enterado que no morirá. Escribí infinidad de cartas, de versos y un año más tarde puse en sus manos Del rojo al púrpura.

La edición de mi nuevo libro lo festejamos en el bar Milán con Arturo, Paula, Juan Pablo Vasconcelos, Cynthia Bouchot, Galo Valdéz y otros amigos que entraron y salieron de mis abrazos. La noche terminó tan mal que después de esa madrugada no he sabido más de ella, y en diez años sólo cuatro veces hemos tenido fugaces coincidencias: en un cóctel de Bellas Artes, en la cantina Centenario de la Condesa, en la presentación de un libro que tradujo del italiano y afuera del Merendero Las Lupitas en Coyoacán. Así es la poesía, busca imponerse a pesar de la distancia. Después de Árbol de la vida que considero mi mejor poema, en el que describo a una pareja en constante búsqueda, cuando por fin se encuentran son tan parecidos que prefieren huir, no volver, negarse, matar o morir. Después vinieron otros poemas y en la última semana de diciembre de 1999 comencé a escribir mi segunda novela, Un dardo en la voz, siendo Ella, de algún modo, inspiración para la protagonista.

El escritor no escoge a sus personajes, son ellos quienes lo llevan a uno a descubrirlos, a darles vida y se enamora más de esas ilusiones que de la realidad. Poco a poco va creando sus pequeños monstruos. Sólo tres capítulos escribí en esa jornada sin tregua, dejando a un lado El orden infinito. Pero todo estaba aún tan reciente, su tacto palpitaba en mi piel como un colibrí atrapado en mi pecho, que regresé a mi trabajo anterior y fue hasta el verano del 2006 cuando retomé la escritura de Un dardo en la voz, con la distancia suficiente para recrear en la memoria su cuerpo, sus instantes y delirios, y pasar a la ficción real. Mi Teresa es una bailarina clásica que a los 20 años bailó Carmen, de Bizet, y se quedó con el personaje en las entrañas. Mi Carmen es una moderna femme fatal enamorada de un fotógrafo de guerra, perseguido por la Camorra de Nápoles. Buscando la inspiración y el recuerdo de aquella Teresa he vuelto a poner su fotografía sobre mi escritorio y desempolvado el grabado que hizo Verónica Guzmán de su rostro, completando la serie de 25 imágenes, una por cada estrofa de su poema.

Diez años han pasado de aquel primer encuentro, Paula Biglieri está a punto de llegar a los 40, desde la Ciudad de México y hasta Buenos Aires celebro su cumpleaños. Uno va haciendo sus propias efemérides, cronologías, fechas para celebrar en el calendario de los recuerdos. Ojalá fuera verdad que la memoria está llena de olvido. A Teresa le dejo los primeros versos de los pasos que la acercaron a mí. Amo tus pies, / las huellas húmedas de tu planta esquiva, / peces de luz que en la sombra anidan, / sostén de tu cuerpo, raíz del árbol de la vida.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Fotografía en contexto original

martes 20 de enero de 2009

City Market





Antes era una lata ir al supermercado. Había que hacer filas para todo, para pesar la fruta, la verdura y el jamón. El pan nunca era del día. No tenían farmacia ni juguetes. En las cajas no había bandas automáticas ni los productos contaban con código de barras. El cajero se enfrentaba a una montaña de artículos con descuento y tenía que marcar el precio de cada uno. Pero lo peor, era llegar y encontrarte con que no había carritos disponibles, cuando por fin conseguías, después de disputártelo con una señora de 90 años que lo usaría más como andadera, resultaba que tenía una rueda chueca, cada dos metros te frenaba o si virabas a la izquierda, el carrito se torcía para la derecha.

Mi trauma de hacer la compra me duró desde la infancia hasta hace pocos años. Cuando llegué a vivir a la Ciudad de México la suerte me sonrió al quedar mi departamento justo enfrente de una Comercial Mexicana, la cual ha ido creciendo y modernizándose conmigo. Durante muchos años la señora que llevaba los asuntos de mi casa era la encargada de comprar los víveres, con más de diez trabajando conmigo conoció muy bien mis marcas favoritas, mis gustos y las medidas de mi apetito. Fue hasta hace un par de años que le encontré sabor a ir al súper, las semanas que Iride vino a visitarme. Cruzar la calle para ir a la Comercial Mexicana era como llevarla de tiendas, arreglada moderadamente, recorría los pasillos del supermercado con una elegancia casual de modelo Diesel. Con ella redescubrí nuevas marcas, empaques, vinos, frutas exóticas y latas de importación. Al preguntarle qué placer encontraba en ello, no supo si era su gusto por los embutidos o el privilegio de escoger los alimentos, me dijo mientras devoraba con sus dientes de ratona, una fresa envuelta en jamón serrano.

Yo le expliqué, que en México, el domingo es el día de mayor afluencia y venta en los supermercados y plazas comerciales. El centro de la ciudad está abarrotado de familias. Una costumbre que nos viene de la época colonial, le dije, no es una influencia capitalista gringa como muchos extranjeros creen. Ese día los indígenas de comunidades cercanas llevaban sus productos, granos y cosechas para mercarlos con la gente de la ciudad, apilaban las frutas por colores y tamaños, aprovechaban para ir a misa y dejar su diezmo. Tradición que ha sobrevivido hasta la fecha, haciendo que la tarde del domingo sea de paseo y compra, no como en Europa donde las tiendas y los grandes almacenes, por ley están cerrados. Los meses que pasé en Toulouse más de una vez me quedé sin qué comer el fin de semana. Como allá los espacios en las casas son tan pequeños y no se puede almacenar, la gente hace la compra a diario y yo tardé en acostumbrarme. Cuando andaba de turista, un paseo en domingo por cualquier ciudad es tan aburrido y triste, no hay quién barra las calles ni mendigos que pidan ni perros que aúllen, todo es silencio y soledad. Calles fantasmas de tardes monótonas como el pulso de un moribundo.

De vuelta en México, la renovación ha llegado casi a las puertas de mi casa, un pequeño y lujoso supermercado gourmet con productos importados, panadería especializada, pescados de diferentes océanos, nuevos cortes de carne, una cava de vinos con somelier incluido que aconseja sobre maridajes. Dividido por colores, piso de madera y música de ambiente más propia de una exclusiva boutique. Entre la panadería y los quesos de importación y a sólo a unos pasos de la chocolatería está la barra de pinchos y tapas, donde puedo comer, mientras hago el súper, un sushi, tomar una copa de vino de cualquier parte del mundo, un corte de jabugo con queso de cabra. De ahí me paso al área de cafetería y helados, estaciono mi carrito a la vista y disfruto de un express, hecho con granos de Italia o Brasil. El City Market se ha convertido en mi lugar favorito de ocio y reunión. Ideal para cerrar negocios o firmar contratos, para jurar amor, antes de pasar a la caja y hacer como que olvido el carrito repleto de excentricidades que en estos tiempos ya es imposible pagar.


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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Fotografía en contexto original (Fotógrafo Juan Luis Cabrero Fernández)

viernes 2 de enero de 2009

2008




Escribo esta columna en el último día del 2008 aunque sé que ustedes la leerán en el 2009. La dedico a los amigos que perdí, a los amores que se fueron. Es inevitable, hacer un recuento del año que nos deja, siempre que llega este día, final de una semana que aparece con tensa calma.

Enero del 2008 fue un mes muy ingrato, el sentimiento se me desmoronó entre las manos y llegué a febrero arrastrando la cobija. Viajé a la tierra de Obama, a quien algunos quieren recandidatear para el novato del año y vi por primera vez la nieve, la tuve en mis manos. Me reencontré con Gina Wiberg y como si fuera una escena de película dominguera hicimos caminatas buscando venados en el frío y nevado bosque. Llegó marzo con la primavera y el amor de nuevo me brilló en los ojos al finalizar con Nadir una Semana Santa turbulenta. En abril hice por fin la presentación oficial de mi novela El orden infinito, me acompañaron Antonio Ramos y Daniel Sada, en la narración Cecilia Kamen y Rubén Corbet.

En verano estuve recorriendo todas las estaciones de trenes y autobuses de Europa, arrastrando dos maletas, acompañado por Massimo Falá, italiano mochilero que me enseñó a distinguir el valor de pesos y centavos. Viví en casas de amigos: Pedro y Marisol, Asunción y Juan Luis, quienes me adoptaron como un hijo dos espléndidas semanas en Granada. Recorrí el calvario de García Lorca, estuve en Viznar, en su casa natal y en la Huerta de San Vicente. En Barcelona redescubrí a Madonna en casa de Christian y Homar, quien es fanático de su música, libros y calzones. Un fan puede llegar al crimen, escuché decir a Homar un día mientras ponía por enésima vez American life. Aprendí un poco de francés viviendo en Toulouse y Nicole, mi casera, que vino a visitarme en diciembre, le dijo en español: ¡cállate, cállate! por querer decir ¡quítate, quítate! a un tipo que, mientras se le arrejuntaba, le metía mano en el metro de la ciudad de México en plena hora pico de la tarde. Pero lo más importante que obtuve de ese largo viaje es esta columna que comencé a escribir después de verme desnudo en una playa naturista de Barcelona que frecuentaba todos los días de agosto. Comencé a escribirla para compartir lo que veía y sentía en completa libertad.

De vuelta a México octubre y noviembre se me fueron sin sentir, esperando la Feria del Libro de Guadalajara, releyendo mi nueva novela, en un juego de necios cambios, subiendo un párrafo y bajando otro, inventando capítulos y dialogando con personajes. Celebrando con amigos sus éxitos: el final del rodaje de El soldado Pérez de Beto Gómez. La reunión, después de 22 años de no vernos, con mis amigos de la universidad, Jorge, Agustín, Bonnie Cartas, Mawi, Gerardo y Mónica, quienes se merecen su propia columna. Me puse exaltado de contento por el nuevo hijo de Verónica y Omar Velázquez, nacido el 26 de diciembre y a quien le pusieron Diego, nombre que yo les sugerí.

Durante este año que se va leí casi todo lo traducido de Amos Oz, Los informantes, del colombiano Juan Gabriel Vázquez, dos veces Caballeriza del Guatemalteco Rodrigo Rey Rosa. Vi todo el cine que pude, muchas óperas primas: Rec, Satanás, adaptación de la novela del escritor colombiano Mario Mendoza; el regreso de Humberto Zurita al cine con Bajo la sal, Ceguera, la adaptación cinematográfica de Ensayo sobre la ceguera de Saramago y Funny Games. Un año compartí mi casa con Audomaro Ernesto, poeta becario de la Fundación para las Letras Mexicanas, hasta que se enamoró y emprendió su destino. Haciendo el balance de este 2008 que termina, descubrí que aproveché cada instante, cada suspiro, me despedí de viejos rencores, tiré mis corbatas a la basura y sobre todo caminé. Caminé tanto que sé que un día he de llegar.

2009

Empieza con una anunciada crisis que para los mexicanos es el pan nuestro de cada día. Podría también enumerar mi lista de propósitos pero son tan comunes como los de cualquiera: el próximo lunes ponerme a dieta, volver al gimnasio y tomarme unas buenas vacaciones. Pero prefiero dejar que este nuevo año me sorprenda y seguir visitándonos en mis próximas chuecas. Por lo pronto, Aguas, que ahí vienen los Reyes.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Fotografía en contexto original

domingo 28 de diciembre de 2008

Sobrevivir la Navidad





Como hace tantos años le perdí la fe al Servicio Postal Mexicano, ya no escribo a Santa por miedo a las equivocaciones, los retrasos, las omisiones. Llego a diciembre con la ilusión de que será un mes de paz, de recibir el regalo merecido o como le decía mi abuela: la cuelga. Cada Navidad nos obsequiaba un suéter que tejía afanosamente en los últimos seis meses del año. Cuando mis hermanos y yo vivimos con ella, por más que nos dijera que aquello sería para uno de mis primos, y a pesar de que nosotros le servíamos de modelo para medir el ancho de la espalda o el largo del talle, al final mi pobre abuela tergiversaba las medidas y el suéter siempre le quedaba demasiado largo de mangas. Para cuando crezcas nos decía, seguro que el año próximo te quedará bien.

Diciembre debería ser un mes de sencillez y recogimiento, sin embargo, es el más acelerado y tenso del año, el de mayor competitividad y compromiso. Nadie nunca está conforme con lo que recibe y a veces ni con lo que regala.

Yo, el año que pedía una autopista de carreras, me daban un tren eléctrico y cuando quería un avión a control remoto me regalaban el Kid Acero. Nos reuníamos en Guadalajara en casa de mis abuelos y ya desde temprano los nietos rondábamos el Nacimiento haciendo apuestas, adivinando para quién sería la cuelga más grande. En ese tiempo no se ponía árbol con esferas ni se llenaban las casas de luces ni de listones rojos. Santa Clos no existía. El Niño Dios era quien proveía los juguetes, que siempre terminaba envidiándole a Pedro, mi primo: la serie completa de muñecos de Star Wars, con naves y guaridas, al otro año un rifle de postas y al siguiente el juego completo de Gotcha. Muchos de esos encuentros familiares despertaban los sentimientos más oscuros y terminaban con sangre. Como yo era medio lento para las cosas manuales no hacían caso a mis peticiones, seguían insistiendo en que fuera ingeniero y recibía un Meccano o un Lego con grúa y poleas. Eran juguetes para heredar.

Jamás aprendí a andar en patineta, ni en triciclo, mucho menos en bicicleta, como tenía la columna chueca mis padres consideraban que sería un peligro montarme en una y más desde el año que pasamos la Navidad en Tijuana con la tía Clemen, y Pedro se rebanó medio cuerpo al irse de boca por probar los frenos de su nueva Avalancha Apache en una bajada de La Meza. Ese diciembre había pedido un juego de química Mi Alegría y me llegó el moco de King Kong y a Ana, mi hermana, recibió la muñeca Lagrimitas Lilly, no la Barbie que tanto deseaba y que sólo se podía comprar en Estados Unidos. De cualquier manera, cada año seguí escribiéndole cartas al Niño Dios, le pedía el milagro de una Vagabundo azul metálico, cromada del manubrio y luz al frente para andar en el monte hasta de noche o para cruzar la frontera a todo galope. Para un niño andar en bicicleta es su primer ejercicio de libertad.

Hace mucho que dejé de creer, sobrevivo la Navidad de milagro y me resigno a sobrellevar la tensión que se percibe en la gente, desesperada por alcanzar lo que vende la televisión y el internet. En diciembre se desbordan las dietas, he jurado que no volveré a comer. No se llega a tiempo a ningún sitio, ahora hay que enfrentarse a las luces del arbolito y el alcoholímetro. Los restoranes están más llenos, los centros comerciales infectados, como los niños sienten que gozan de inmunidad, se hacen insoportables. Se desatan las pasiones por tener la camioneta igual a la que le dieron a la vecina, la nueva cirugía que también luce la vecina, el viaje esperado o el anillo de compromiso que no llega. Lo único que aprecio son los reencuentros con los amigos, los mensajes de texto con buenos deseos y la ensalada de manzana. Ahora he leído que Santa Clos tiene sus oficinas en París, a donde le llegan miles de cartas y que un equipo de ayudantes las contesta, aunque supongo que a México las respuestas seguirán llegando tarde por la mala numeración de las calles. Empiezo a creer lo que me decía mi madre cuando era niño ante mi desconcierto al abrir los regalos: otra vez el cartero llevó tu carta sólo Dios sabe a dónde.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Fotografía en contexto original: Bicicleta modelo Vagabundo de los años setenta, tomada del Blog Retrobici.

lunes 15 de diciembre de 2008

El autógrafo





Haciendo una purga de libros en mi biblioteca llegué al estante donde tengo los dedicados y me sorprendí al encontrarme dos de Octavio Paz, su Obra poética y La llama doble. Otro de Vargas Llosa, de Carlos Fuentes, de Eugenio Montejo y muchos más que tanto me han acompañado. Recuerdo la vez en que Arturo Pérez Reverte firmó a más de trescientas personas La tabla de Flandes, como también acostumbra a hacerlo Carlos Fuentes, de pie. El organizador del evento le insistía para que ocupara una mesa y cómodamente siguiera firmando, pero Pérez Reverte no aceptó, si las personas están de pie haciendo fila no veo por qué yo tenga que estar sentado, dijo.

La firma de García Márquez en Cien años de soledad la obtuve en Bellas Artes la noche que le hacían un homenaje a Álvaro Mutis. La sala estaba llena, seguramente éramos más de quinientas personas. Después de los aplausos y las felicitaciones, al final se sirvió un cóctel en el salón interior del Palacio, sólo para invitados especiales, sin embargo García Márquez prefirió quedarse a firmar hasta el último libro. Pero supongo que el récord de firmas se lo ha llevado Ken Follett quien en mayo pasado, en la feria del libro de Madrid, firmó más de dos mil libros, yo, que desde temprano llegué muy entusiasta con mi ejemplar de Los pilares de la tierra al ver tamaña cola desistí sin el menor remordimiento.

Esta costumbre de buscar el autógrafo, la firma de puño y letra del escritor o artista me viene desde la infancia. Cuando cada seis meses viajaba con mis padres a la ciudad de México a mi revisión de la columna aprovechábamos para ir al teatro o a algún musical que mi madre adoraba y que yo siempre he aborrecido. Al caer el telón, tenía su libreta lista, entonces me mandaba por delante para meternos hasta la cocina y buscar la firma o la foto. Me hice un caza autógrafos y conocí a Angélica María, Emmanuel, Enrique Lizalde, actores de relumbrón o cantantes que en su tiempo hicieron fama en Siempre en Domingo. Así hicimos amistad con Ricardo Ceratto, un cantante argentino que en los setenta era la sensación. En octubre de 1978 fue a Tequila a dar un concierto gratuito en la plaza. Al finalizar, entre desmayos de los fans y la policía municipal que servía para un carajo bajó del templete y se metió en el auto que lo regresaría a Guadalajara. De alguna manera me colé entre la gente y me fui con él. Nadie notó mi presencia hasta que llegamos al hotel Camino Real y me dijo algo así como, ¿pero ché, qué hacés vos acá? Apenas tenía 11 años y lo único que atiné a decir fue: ¿me das tu autógrafo?

Ya cuando rondaba los 15 me enamoré perdidamente de Christian Bach. Coleccionaba sus entrevistas, tenía su imagen pegada en la cabecera de mi cama, tanto era mi amor que tres días antes de entrar al hospital para mi operación de la columna, me llevaron al teatro a verla en una obra donde salía en ropa interior. Al terminar la función me tomé una fotografía con ella, me firmó la libreta que ya había heredado de mi madre y me deseó suerte. Yo suponía que aquella foto me acompañaría cerca de mi cama de hospital y creo que me dormí, camino al quirófano, anestesiado por el recuerdo de su cintura. Al despertar, mi sorpresa fue que el foco de la cámara estaba más dislocado que mis vértebras y nos había sacado sin cabeza. Nadie creía que en esa foto estaba yo con la actriz más hermosa que México tenía en ese entonces.

Antes, uno tenía que burlar vigilancias, hacerse pasar por alguien importante para tener el autógrafo deseado, pero ahora la Feria del Libro de Guadalajara ha democratizado a los escritores. Por sus pasillos se hacen largas filas para tener la firma de Sabines, Saramago o Gael García Bernal, aunque todavía quedan algunos inalcanzables. Hace tres o cuatro años cuando Hugo Sánchez era el director técnico de la Selección Nacional pasó por el aeropuerto de Guadalajara y una pequeña horda de admiradores lo seguía pidiéndole autógrafos, de coincidencia regresaba al DF en el mismo avión que Paco Ignacio Taibo II y yo. Taibo, un día antes había estado en un evento con mil jóvenes, había movido multitudes en la feria y firmado cientos de libros con paciencia asombrosa. En la sala de espera conversábamos sobre su biografía de Pancho Villa cuando vio que Hugo, huyendo de la turba se acercaba hacia nosotros, me dejó con la palabra en la boca, buscó un cuaderno, o quizá cogió uno de sus propios libros y corrió a pedirle su autógrafo, cuando el Pentapichichi por fin se decidió a firmar camisetas al verse acorralado.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Fotografía: Autógrafo de Carlos Fuentes en Los años con Laura Díaz /
© Rodolfo Naró, 2008. Todos los derechos reservados.

domingo 7 de diciembre de 2008

Viaje a la Camorra





Todo está conectado con la Camorra. A Nápoles llegan barcos con mercancías de China, tecnologías del Japón, tabacos, perfumes y cosméticos, cualquier prenda hecha con mano de obra barata o infantil. En pocas horas los barcos vuelven a zarpar para surtir grandes almacenes del mundo, a los vendedores ambulantes o a aquéllos que en las esquinas de las calles de cualquier ciudad de México ofrecen el mismo artículo. A Latinoamérica la surten desde Nueva York, con productos de costo menor a un dólar.

Nápoles está tomada por la Camorra. Es una ciudad hostil, peligrosa, se siente al caminar por sus calles de edificios derruidos, llenos de agujeros de bala. Da la sensación de abandono, apesta con el tufo que deja la apatía. Desde hace tres años que comencé a escribir Un dardo en la voz, la historia de odio de una bailarina clásica y un fotógrafo de guerra, rastree a la mafia de Nápoles, hasta que cayó en mis manos Gomorra, de Roberto Saviano. En julio pasado fuimos Nadir y yo a Nápoles. Para mala suerte ese día nos tocó huelga de transportistas en toda Italia. Nuestro itinerario y la cita que tenía acordada nos obligó a no poder cambiar el viaje. No había trenes, las salidas de los autobuses estaban limitadas a dos corridas por día, Roma estaba sin metro ni transporte público. Desde la madrugada las terminales atestadas de gente revendían boletos a cualquier precio en las narices de los carabineros. Después de cuatro horas de batallar y pagar una cifra insospechada por nuestros asientos, entre apretujones y gritos subimos al autobús.

Pasado el mediodía llegamos a Nápoles. Pero un día antes habíamos caminado todo Roma, subido los 389 escalones de la cúpula de San Pedro y en la noche del sábado, Nadir había bailado tanto en la despedida de soltera de Fulvia, mi traductora al italiano de El orden infinito, que al dar los primeros pasos en la Plaza Garibaldi se dio cuenta de que las piernas se le habían hinchado de tal manera que el menor paso le reventaba los talones. Desesperados, en una farmacia nos dieron un remedio para su gamba gonfia y la dejé en la Termini. Yo tenía cuatro horas para recorrer la ciudad, caminar sus calles, sentir su pulso.

El centro es un hacinamiento de inmigrantes rumanos o gitanos. Con callejones solitarios, estrechos y largos que una vez que los comienzas a andar el retorno es tan lejano como la salida. Yo me sabía ajeno y observado por ojos que descubría atrás de las ventanas de los que viven en la clandestinidad, diez o doce personas en cuartos sin ventilación, con el olor a cañería y ragú pegado a las narices, aturdidos por la música y el fútbol de la televisión. Trabajan de costureros, copiando discos, embolsando dosis, con la puerta abierta y la abuela sentada en la entrada mirando para todos lados. Siempre con ropa tendida en la ventana, ciertas prendas y colores son claves de peligro, de ausencia o de trabajo terminado. Nadir sería mi intérprete pero de cualquier manera me las arreglé para hablar con el gerente de un cine porno que había contactado desde Barcelona, con la dueña de un restaurante adonde me mandó a comer una pasta insuperable y ella a su vez, con un mendigo que presumía sus miserias afuera de los tribunales. Trataba de dominar el miedo. Nápoles es una ciudad que como el salitre poco a poco la impunidad se la ha ido comiendo, lo comprobaba en la mirada retadora de los adolescentes, al moverme con la prisa de tener sólo cuatro horas para volver a la Termini y evitar que una banda de gitanos siguieran hostigando a Nadir, ofreciéndole trabajo o cobrándole cuota por el lugar que ocupaba.

Roberto Saviano escribe en Gomorra que la mafia napolitana ha matado a 3600 personas en 28 años, más que la mafia rusa, la ETA y el IRA juntos. En México la violencia y el narco se mueven a otras proporciones: 1741 personas muertas en los últimos noventa días, sólo en la capital del país. 1377 ejecutados en lo que va del año en Chihuahua. En septiembre se encontraron 12 cuerpos decapitados en Yucatán, 24 muertos en el estado de México y 120 más en Tijuana. En total más de 4600 personas asesinadas sólo en el 2008, sin contar las más de mil mujeres que ya han registrado su propia marca: Las muertas de Juárez. En México los carteles también son familias con nombre y apellido que trafican con personas, secuestran, se asocian con gobernantes corruptos y compran todo lo que pueden para lavar dinero. Organizan a vendedores ambulantes para vender en los semáforos las mercancías que llegan al Puerto de Veracruz. Lo peor es que nos hemos acostumbrado a vivir entre la delincuencia, a retar al miedo, a no creer en las cifras del gobierno porque los políticos son el crimen organizado que, con impunidad, toca hasta nuestra puerta. La mafia y el terrorismo se han convertido en la misma afrenta. Ya no hay ideales sino negocios. No tenemos escapatoria, los malos vigilan desde el poder.

La Camorra no sólo es narcotráfico también controla la usura, vende protección y extorsiona, desaparecen a sus enemigos en tanques de ácido o aplican la venganza transversal, matan a las personas que tienen lazos de unión con el que quieren castigar: padres, esposa, hermanos, amigos, no dejándole lugar seguro a nadie y permitiendo que el delator viva, hasta hacerlo sentir otra vez seguro, tanto como el caso que cuenta Saviano para XL Semanal del diario español ABC, de un hombre que los había denunciado nueve años antes y al que por fin mataron al poco tiempo de que el gobierno le quitó la escolta. Roberto Saviano, quien este año visita la Feria del Libro de Guadalajara, sabe que nunca estará seguro que, como le dijera Salman Rushdie: “Tu situación es peor que la mía. La mafia es un problema más grave y más ex-tendido”. Tendrá que vivir, como cualquiera de nosotros, con esa fatwa el resto de su vida.



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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Fotografía en contexto original: Portada del Libro Gomorra de Roberto Saviano.

viernes 28 de noviembre de 2008

El oro es nuestro





¿A quién no le gustaría heredar una fortuna después de 204 años? Que te llamaran por teléfono y te dijeran que el bisabuelo de tu tatarabuelo era un mercenario español que perdió un tesoro al hundirse el barco que lo transportaba de América a España, que lo ha encontrado una compañía estadounidense y que es mejor que te pongas listo porque todo mundo lo reclama.

Desde julio del año pasado he seguido, como si fuera una de las novelas de Arturo Pérez Reverte, la pista del Cisne Negro, como se conocía el caso del buque La Mercedes, hundido por la flota británica en 1804, en las costas de Algarve. Resulta que en marzo de ese año partió de Lima, Perú, con más de doscientos cincuenta mil pesos en monedas de oro y plata pertenecientes a préstamos patrióticos o donativos de guerra de la Nueva España a Su Majestad el Rey Carlos IV y casi setecientos mil pesos también de oro y plata pertenecían a mercaderes españoles. Pero el buque cargado con los tesoros de América no viajaba solo, lo custodiaban siete fragatas que nada pudieron hacer cuando, casi al llegar a Cádiz se encontraron con la aparición de la flota inglesa que sin miramientos abrió fuego y antes del amanecer, porque supongo que la batalla fue de noche para que resaltaran más los cañonazos, se hundió con todo el oro y los 250 tripulantes que llevaba. Doscientos años después los cazatesoros gringos de Odyssey Marin Exploration encontraron el naufragio y dijeron: éste oro es nuestro.

Parece una película de Los piratas del Caribe o una de las historias que me contaban cuando era niño y por las que casi tiré mi cuarto buscando tesoros, en la casa donde viví mi infancia. Era una vieja casona con un montón de leyendas sobre aparecidos, monjas enterradas vivas en las tapias de casi un metro de espesor, ollas de barro llenas de oro y enterradas en algún lugar, tesoros escondidos en los tiempos del Segundo Imperio o en la época de la Revolución. Yo siempre me creía esos cuentos y como cualquier niño soñaba con encontrarme un tesoro, por lo que aprovechaba los días que había albañiles en casa para usar sus herramientas y buscarlo. Primero golpeaba con un martillo por el piso y las paredes, donde sonara hueco, según yo ahí era posible encontrar oro. Trabajaba de noche o cuando mis padres no estaban en casa. Mientras los albañiles instalaban un nuevo baño o arreglaban una tubería rota, yo hacía agujeros por todos lados: atrás de los cuadros, o de los sillones, en el tiro de la chimenea, atrás del nicho de la Purísima, que mi madre veneraba y que supuse era la guardiana, pero sobre todo debajo de mi cama. Al final me concentré en ese sitio. Llegó a ser tan grande el hoyo que una noche apenas pude cubrirlo de nuevo con mi cama y, a la mañana siguiente, la chica que hacía el aseo casi muere ahogada al irse de boca buscando la escoba que acababa de tragarse la tierra. Jamás encontré ni doblones de oro ni joyas virreinales, nada, sólo agua. Terminé por declarar bajo tortura, a punta de fuetazos, las otras excavaciones que tenía empezadas en algún rincón.

Por eso he seguido el caso de La Mercedes y del Merchant Royal, otro pecio inglés con carga y navegantes españoles que naufragó en 1641 y el cual también transportaba oro para pagar a los soldados que combatían en los Tercios de Flandes. La gran incógnita ahora a resolver por un juez de Tampa, Florida, que es donde interpusieron su demanda los de Odysseys, es de quién es el oro, si del Perú, de España, de Inglaterra, que reclama parte del Merchant Royal, o de los descendientes de los mercaderes que suman ciento treinta, casi todos ibéricos, algún marqués o conde seguramente venidos a menos, esto suponiendo que a los esclavos africanos o indígenas que extrajeron esos minerales se les haya cubierto también su paga y prestaciones que en aquel tiempo se otorgaban. Porque así como Egipto reclama a Alemania sus tesoros exhibidos en museos de Berlín o el presidente de Venezuela exige al Papa Benedicto XVI una disculpa pública por la conquista católica de América, llevada a cabo con sangre, sería bueno que cada gobierno de los países europeos que fueron imperiales hiciera su mea culpa con los continentes que colonizaron y devastaron, dejándolos en la ignorancia y el hambre. Por lo que no debe sorprenderles ahora la avalancha de inmigrantes a Europa o de mexicanos a Estados Unidos que vuelven por lo que alguna vez fue nuestro.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Fotografía en contexto original: El Merchant Royal

jueves 13 de noviembre de 2008

Seguimos siendo los mismos





No hay más que ver alrededor para darse cuenta que después de miles de años de evolución humana apenas hemos variado un pelito. Cuando he estado en Europa me he sorprendido de ver a la gente que me encuentro por la calle, en el café o el chofer del taxi tan parecidos a cualquier cuadro del Renacimiento, como si el tiempo no hubiera pasado, sólo la moda. En lo más profundo de Andalucía, en el centro de Granada he visto a unas señoras bajitas y culonas salir de El Corte Inglés como si salieran por la puerta trasera de Las Meninas de Velázquez. En Francia a cada paso me encuentro a hombres prognatas o narigones como los modelos de Rubens o Caravaggio, los mismos rostros. Mujeres aterciopeladas igual que la Monalisa, que con mirada indiferente y tímida observan como quien adivina el infinito. Sólo habría que ponerles una levita o una peluca blanca de rulos artificiales para confundirlos, a media tarde, con una oscura obra de arte.

Igual pasa en México. Cuando viajo en el metro, entre los apretones y los jugosos calores, donde es complicado que alguien guarde la distancia y el estilo, es fácil que al lado me toque un chico punketo, dark o un oficinista peinado con los negros cabellos pegados al cráneo, pero si lo miro de frente es una réplica con traje y corbata de la Cabeza Olmeca viajando junto a otro similar a la Cabeza de Palenque, parecen piezas humanas que se escaparon del Museo de Antropología. Chatos y cabezones, morenos como la zozobra, con mirada guerrera cual caballero águila librando una batalla o perdida en el más allá, en un destino impostergable y hambriento, infinito y cíclico. Cualquiera de éstos, me digo, pudo andar con tapa rabos y penacho bailando descalzo alrededor del copal, en una ceremonia sangrienta de la Gran Tenochtitlán.

Trato de observar con discreción, aunque a veces me falla la mirada antropológica, como me ha instruido mi querida Nadir, ella que tiene doctorado en la materia me ha enseñado a distinguir el ojo indio del ojo chino, apenas un pliegue caído en el lagrimal, me señala apuntándome a la cara. Me ha dicho cómo descubrir la edad del observado por su simple sonrisa. Los dientes son como los árboles, me dice, también tienen anillos donde se lee el ciclo vital de cada persona. A diario repasamos los nombres de los doscientos ocho huesos del cuerpo y he aprendido a distinguirlos también con el tacto: cúbito, tibia, tarso, peroné, húmero. A ojos cerrados los recito como un poema, tienen una sonoridad que impulsa al movimiento, que incita al quebranto y a la excavación, al orden primitivo de los cazadores recolectores que buscaban alimento acechando moribundos. Me ha enseñado que al nacer no tenemos el total de los huesos sino que algunos se van formando con el crecimiento, aunque a mí siempre me hizo falta una costilla, origen de mi columna chueca.

Seguimos amando al prójimo que no nos ama, mirándonos siempre en el espejo del futuro y olvidando las aguas turbias que dejamos a nuestro paso. Seguimos siendo nómadas, sólo que ahora nos movemos en aviones y nos decimos globalizados. Seguimos siendo caníbales, sólo que ahora nos devoramos virtualmente. Seguimos gobernados por el más fuerte, sólo que ahora disfrazamos la igualdad con leyes que nadie respeta. Somos como los neandertales quienes mandaban a las mujeres y a los niños a la caza de presas pequeñas, mientras los hombres perseguían a los animales grandes. Ahora los niños de esta era geológica también salen a la calle a buscar el sustento, a conseguirlo por las buenas o por las malas, y sólo han pasado 90,000 años. El hombre sigue siendo el lobo del hombre, depredador, bárbaro, carroñero, sólo que ahora creemos tener domesticado el fuego y dominado al viento, vestimos con linos, algodones, con elegantes abrigos de zorro o armiño. Algunos ni siquiera han perdido la primera postura corporal evolutiva que Darwin presentó en 1859. Seguimos siendo los mismos, cuando mucho hemos perdido apenas un poco de pelo.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Fotografía en contexto original

miércoles 5 de noviembre de 2008

El mexicano II




Si para George Steiner la idea de Europa es un café siempre a la vuelta de la esquina en cualquier ciudad de ese continente y para Jorge Luis Borges, las largas mesas de la amistad, que me suenan al asado del domingo en familia, podrían ser lo que resume a los argentinos, para México la cantina sería el lugar ideal para encontrar la esencia del mexicano. Ahí se debate, se arregla el mundo, se habla de política, se firman negocios. Se pelea y reconcilia uno consigo mismo, se celebra y se desenamora. Ningún lugar tan idóneo para encontrar a los amigos o pelear con ellos, comer lo que a uno le gusta. Escuchar música de mariachi y cantar sintiéndose Jorge Negrete, por supuesto bebiendo tequila, a veces también para olvidar.

Hasta hace pocos años la cantina era un lugar reservado para hombres, en muchas de ellas había un canalito al pie de la barra para que el bebedor no se molestara en ir al baño a orinar y si se perdía ensimismado en sus recuerdos podía encontrarse de nuevo en el espejo que sigue estando atrás del cantinero y que atestigua lo que sirve. Era un refugio que en los años setenta fue perdiendo su virilidad y venturosamente dejó paso a las mujeres, con anuncios que decían “Ambiente familiar”.

En Tequila, la cantina más famosa estaba instalada en el portal, se llama La Capilla y aunque desde hace algunos años la movieron de sitio, sé que la sigue atendiendo Javiercito, su propietario, y que el lunes es el mejor día para beber. Muchas veces escuché a mi padre decir que iba a La Capilla, no precisamente a rezar. Nunca fue necesario que mi madre me mandara o a alguno de mis hermanos a buscarlo, siendo casi el único doctor del pueblo, antes de su segundo tequila, alguien iba por él para que atendiera un parto o a un baleado. En aquellos años todavía muchos hombres andaban por la calle con la pistola fajada a la cintura y no era difícil que en un pueblo con más de 12 destilerias, donde el aire embriaga por su olor a tequila, acabaran a balazos por un simple desacuerdo de borrachos, como en las películas de Pedro Infante.

Más de doscientos años de antigüedad tiene el tequila, así como lo conocemos y esos mismos años le ha costado llegar al lugar que ahora ostenta, dejando atrás al pulque, al aguardiente, al mezcal, ganándose la denominación de origen que sólo tienen grandes bebidas en el mundo, las mismas que también tomaron el nombre de donde nacieron: champán, coñac, oporto. Ha pasado de ser sólo una bebida de cantina para posicionarse en las mejores mesas de manteles largos.

Antes del boom del tequila que se dio en los noventa, Tequila era un pueblo olvidado, ahogado por los gravámenes e impuestos, de una treinta de marcas en pocos años llegó a tener casi mil. Eran los años en que todo oportunista hizo el suyo, le etiquetó con su nombre y lo envasó en lujosas botellas. Los más desarraigados quisieron darle otro status y dejaron de servirlo en su tradicional caballito, que tan bien se ajusta a la palma de la mano, al puño que palpita como un corazón, y comenzaron a servirlo en copa de coñac, que por orgullo, siempre me he negado a aceptar. Ahora Tequila es un pueblo próspero, con una autopista de cuatro carriles que acorta los 56 kilómetros que lo separan de Guadalajara. El paseo es bordeando azules mezcaleras como un mar tendido al ras de la tierra.

Así como el chile y la tortilla, que nunca faltan en las grandes comidas del mexicano, la cantina y su mundo interior donde no es raro encontrar un altar a la virgen de Guadalupe, nos ha dado identidad, no el café como en La idea de Europa que apenas en este nuevo siglo comienza a ser popular. Cuando en 1992 llegué a vivir al Distrito Federal el café sólo se tomaba en casa o en los restoranes Vips y Sanborns donde siguen sirviendo una insípida agua diluida. Sí había algunos cuantos cafés de tradición pero nada comparado con tantas cantinas que aún subsisten casi en cada esquina, en cada rincón de México, donde sólo varía un poco el estilo de la música, la comida, el refresco de cola, y es que el mexicano ha de traer la sangre caliente para decir lo que le duele, para darse valor y a veces también para pensar. Como si en la cantina se sintiera dueño de su tiempo y del machismo que tan malamente hemos exportado en viejas películas. Y aunque la palabra termine con “a”, nada de femenino tiene la tequila, como he escuchado que le dicen en el extranjero. Sólo en un país que canta: “y los machos de Jalisco afamados por entrones…” puede tomarse el tequila para revivir alegrías y frustraciones.

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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Fotografía en contexto original