jueves, 21 de marzo de 2013

Vértebra 85


CRÍA CUERNOS y te picarán los ojos.

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viernes, 15 de febrero de 2013

En el jardín de Melibea... tercera parte



En las dos entregas anteriores, Biblioteca pública y Biblioteca Nacional, les conté cómo me enamoré y cómo trabajo en una biblioteca; ahora les relato la manera en la que he hecho la personal, poco a poco, libro a libro. Esta es la última parte de mi ponenecia en el XIX Coloquio Internacional de Bibliotecarios, "Yo leo, tú lees, leyendo en la biblioteca", realizado en la pasada Feria del Libro de Guadalajara. 

Biblioteca personal
No puedes sacar ni un libro de esta casa. Le dije a Marcela Buenfil cuando nos separamos. Era la primavera de 1998 y teníamos un año viviendo juntos. Sus libros habían ayudado a conformar mi biblioteca. Su colección tenía de todo, biografías, novelas, mucho de García Márquez y de Cortazar, otro tanto de Vargas Llosa y algunos más del Boom Latinoamericano. Después de su partida, mi casa fue moviendo sus espacios conforme aumentaban los libros.
Mandé a hacer libreros para instalarlos en la sala, el comedor y en cada habitación. Entre los libros que iba comprando, los que me regalaban las editoriales o intercambiaba con amigos escritores, cada semana se acumulaba un nuevo montón en la mesa del comedor. A los que se sumaron los libros que me fui trayendo de la casa de mis padres en cada viaje a Guadalajara, aquellos que había leído cuando era niño y en mi adolescencia. Quería que mi departamento de la colonia Del Valle fuera una gran biblioteca. Quería sentirme más escritor por la presencia de tantos autores que admiraba.
Cuando he ido de visita a casa de algún amigo escritor, como quien pregunta dónde está el baño, a mí me parece muy normal preguntar por la biblioteca, que en el caso de Carlos Monsiváis era toda su casa, ecléctica y abrumadora, con más de treinta mil libros por cada rincón, amontonados sobre los sillones y mesas, apilados en su escritorio, donde los gatos hacían malabares para esquivar altas torres. Con él conocí la biblioteca del Arzobispo Antonio Chedraui; era muy inglesa, con libreros de caoba rojiza, con libros resguardados bajo llave y vidrio esmerilado. Uno conoce a las personas no sólo por los libros que lee, sino también por aquellos que resguarda.
Una sensación de navío sentí al entrar a la biblioteca de Álvaro Mutis; amplia, luminosa, de blancos estantes. Tenía la sensación de que en cualquier momento, tras de mí, entraría Maqroll el Gaviero o si me asomaba por una de las ventanas, en vez de ver el jardín, me encontraría en altamar. Al centro había una sala de lectura, al fondo estaba su escritorio, su máquina de escribir y en un rincón una fotografía del Zar Nicolás II. Al preguntarle por ella me dijo: “la conservo porque fue un mártir. En el fondo soy imperialista”.
Más de una vida me haría falta para alcanzar a leer los 75 mil libros de la biblioteca de Gustavo Sainz, recién donada al Estado de Coahuila. En 2008 coincidí con él en un encuentro literario en Dallas, Texas. Entre lectura y lectura me contó su pasión por los libros, cómo los fue acumulando, cómo hacía para leerlos sin maltratarles el lomo al abrirlos demasiado; recordó la tarde en que tuvo que dejar su primera casa en la Cuauhtémoc porque los libros lo echaron de ella y se buscó otra donde entrara él con los nuevos ejemplares. Al paso de los años, al llegar a los 40 mil volúmenes, tuvo que rentar una bodega para seguir atesorándolos. Una situación similar padeció Lezama Lima en su casa de la Habana, también los libros casi lo echan a la calle o Alejandro Vaccaro, biógrafo de Borges, a quien conocí en Buenos Aires. Vaccaro se vio en la necesidad de decidir si dejaba su departamento de Recoleta, el cual está en un tercer piso, o pasaba la mitad de sus libros a otro lugar, el peso del papel amenazaba con desplomar el edificio. La de Alejandro Vaccaro es una de las bibliotecas más interesantes y mejor organizadas que he conocido, con espacios especiales para las primeras ediciones de Borges, entre ellas su libro de ensayos El tamaño de mi esperanza, de 1926, un libro que Borges en vida proscribió y dejó estipulado que no se volviera a editar. Lo veía como un error de juventud, sobre todo por el título; pensaba él que la gente lo relacionaría con otras medidas que los hombres solemos presumir. Vaccaro, además resguardaba cartas manuscritas, dibujos y adornos que descansaron por años en los estantes de la biblioteca de Borges.
Quizá más que por sus lecturas y por los libros bajo resguardo, es por las cosas pequeñas que descansan en el filo de los estantes, por lo que conoces más a las personas: fotografías, postales, muñequitos de lucha libre, soldaditos de plomo, artesanías, bustos de próceres, una gran cantidad de objetos y recuerdos de vidas pasadas. Además, está la forma en que cada quien organiza sus libros, por autor, por tema, por colores y tamaños, por género o por editorial, como es mi caso, me gusta que tengan un mismo tamaño, por lo que a veces no sé qué hacer cuando un autor publica en distintas editoriales, como es el caso de Jordi Soler, que ya está en Alfaguara, en RBA y en Mondadori.      

¿Qué destino tendrán ahora las bibliotecas con los lectores electrónicos que pueden almacenar miles de libros en la palma de la mano? Una tarde de junio, Montserrat Hawayek fue a comer a mi casa, siendo más obsesiva que yo me preguntó cuántos libros tenía en mi nueva biblioteca. “Ni idea”, le contesté. Así que se pasó toda la tarde contándolos. 4537 me dijo poco antes de llamarla a cenar. “Tienes sólo 157 más que yo”, me contestó un poco decepcionada. “¿Sabes cuántos libros tiene la biblioteca de Alí Chumacero?”, le dije y le contesté: “Más de cuarenta y seis mil”. Si Borges imaginaba la biblioteca como un laberinto, don Alí la veía como una casa. Fue Guillermo, su hijo, quien me llevó a conocerla. Entrar a la viaja casona de Gelati 34 Bis es ganarle territorio al tiempo. La finca, estilo colonial mexicano, data de 1897. Lourdes, madre de Guillermo, la descubrió en 1964, estaba hecha una ruina y con su buen ojo de galerista de arte fueron restaurándola poco a poco, haciendo del gran recibidor el espacio para la biblioteca y estudio de Alí, que aún siendo editor de El Fondo de Cultura Económica sabía que los libros no se adquieren por docena ni se compran de un tirón, así como se escriben, lentamente, se van adquiriendo, rebuscándose en librerías de viejo, dejando al azar el hallazgo oportuno. La felicidad de dar con una primera edición de San Juan de la Cruz de 1703, encuadernada en piel, es insuperable.
Es la biblioteca más acogedora que he conocido, con dos mesas de trabajo, una rectangular, en madera oscura que había pertenecido a Martín Luis Guzmán y la otra, redonda, al fondo del salón, la que estuvo en casa de José Vasconcelos, entre ellas dos una sala de lectura, con sillones de tapiz floreado y una docena de tapetes pakistaníes tirados en el suelo; ahí crecieron sus cinco hijos, viendo trabajar a su padre, jugando entre letras y un leve regaño para que no hicieran tanto ruido. Guillermo Chumacero me contó el amor filial que sentía su padre por los libros. “Los libros son como los hijos”, le dije yo, “no se prestan ni se dejan encargados en casa de amigos”, de ahí la terrible decisión de no dejar a Marcela sacar un solo ejemplar de mi casa. Fueron los libros compartidos, los libros revisados y comentados. Aquellos que durmieron, brazos abiertos, sobre su pecho. Los libros que pacientemente maduraron, como el fruto espera pendiendo de una rama a ser devorado. Alí Chumacero dedicó toda su vida a  amarlos, no sólo supo lo que era vivir para ellos, sino morir rodeado de ellos. Los dos últimos años de su vida, ya sin una pierna que lo tuvo postrado, pidió que bajaran su cama a la biblioteca. En ese paraíso siguió escribiendo, ahí leía, dormía. Ahí festejó sus 92 años poco antes de darle vuelta a la última página de su vida.
La biblioteca personal de Alí Chumacero, Carlos Monsiváis, José Luis Martínez, Antonio Castro Leal y Jaime García Terrés, han tenido el mejor destino para un libro, han pasado de ser un fondo privado a formar parte de una gran biblioteca publica llamada “La ciudad de los libros”, proyecto del CONACULTA y fincada en la antigua Ciudadela. Biblioteca que respeta la arquitectura del recinto original de cada colección y que albergará a más de 200 mil volúmenes. Además, el proyecto consiste en digitalizarlos, que el usuario llegue a esa biblioteca de cinco brazos y, a través de un iPad, busque los títulos deseados, para leerlos desde ese aparato. Aunque eso no significa que la lectura se fomente con los lectores electrónicos. Cuántos miles de libros quedarán almacenados en esas memorias digitales sin que les demos lectura porque los olvidemos, como se van olvidando los libros apilados en los rincones de nuestra biblioteca personal.

Los libros viven de pie
Las palabras de amor que no se dicen los enamorados, son las que mejor se guardan en el corazón. Ahora y desde hace un par de años, me gusta visitar la biblioteca que se tragó una ballena: la Biblioteca Vasconcelos. Confieso que no me gustó cuando la conocí, me pareció fría, con los libros tan alejados, como frutos prohibidos, trepados en las copas de los árboles. La biblioteca que ha soportado tantas tempestades. Tuve que frecuentarla varias veces, subir hasta el sexto piso, andar sus estrechos pasillos de cristal, como ramas a punto de quebrarse ante el vértigo, llegar a la sección 800 y buscar La amada inmóvil de Amado Nervo, El romancero gitano de García Lorca, Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, Sor Juana, Góngora, Quevedo y sobre todo La Celestina de Fernando de Rojas, para volver a evocar el amor y hacer de ese lugar, mi nuevo y recurrente hogar. Para sentirme entre los míos: los libros que, como los árboles, también viven de pie. Desde esas alturas y a través de sus grandes ventanales he podido dominar el jardín botánico que rodea a la biblioteca y he visto a los enamorados, hacerlo suyo, volverlo, sin ayuda de ninguna celestina, el jardín de Melibea. 

 
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Rodolfo Naró, Tequila, Jalisco, 1967. Poeta y narrador. Cállate niña es su nueva novela y Ediciones B su nueva casa Editorial |  www.rodolfonaro.com



miércoles, 13 de febrero de 2013

En el jardín de Melibea los... segunda parte



Esta es la segunda parte de mi ponenecia en el XIX Coloquio Internacional de Bibliotecarios, "Yo leo, tú lees, leyendo en la biblioteca", realizado en la pasada Feria del Libro de Guadalajara. El viernes vendrá la tercera y última, acompáñenme. 

Biblioteca Nacional
Cuando he viajado a otros países, visito cuatro lugares para conocerlo mejor: el museo representativo de su cultura, su jardín botánico, su biblioteca nacional y su catedral; elementos imprescindibles para saber de su pasado histórico y orgánico, su creatividad y su vida espiritual. Así he trabajado en la Biblioteca Nacional de España, la Biblioteca Pública de Nueva York, la Biblioteca Nacional de Argentina y de Uruguay. Siguiendo los pasos de un libro, La amada inmóvil, de Amado Nervo, he pasado por ellas de ser un simple turista a ser un investigador.
En el verano de 2006 estuve en Montevideo. Allá era invierno. Montevideo es una ciudad fría, lluviosa, con la bruma que solemos ver en la películas de Jack el Destripador. Iba por primera vez a Uruguay, a celebrar un congreso de poesía en la Biblioteca Nacional. El evento se realizaba en la sala Acuña de Figueroa. Ahí me reencontré con William Johnston, un amigo poeta que tenía varios años de haberle perdido la pista en México. Él fue mi guía en esa ciudad de nostalgia, sensación que yo sólo había sentido en Buenos Aires. Después de almorzar un chivito al pan, le pregunté cómo seguía Benedetti; el estado de su precaria salud era noticia en todos los diarios. Tenía pocos meses de viudo y el asma que lo había aquejado toda su vida se volvía a ensañar en él. Willy aseguró que Benedetti no asistiría al congreso pero que él lo vería el fin de semana. “Si querés, podés acompañarme”, me dijo sin mayor problema.            
Para mí era una tentación estar en Uruguay y no seguir los rastros de Amado Nervo. Sus últimos días de vida los había pasado en Montevideo a donde fue a cumplir unas diligencias diplomáticas. Al tercer día de haber desembarcado, luego de cruzar el Rio de la Plata, desde Buenos Aires, de ser recibido con honores de jefe de Estado y ser vitoreado por una multitud, la muerte lo sorprendería después de una semana de agonía por una peritonitis masiva. Aquella era la oportunidad que había esperado de enfrentarme con la muerte del poeta, por lo que al finalizar el congreso me quedé tres días más, para encerrarme en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional a revisar periódicos de la época y documentos reservados sólo para investigadores, por lo que Willy me ayudó, con sus influencias, al acreditarme en pocos minutos como investigador de no sé qué universidad. De esos amarillentos diarios, que no pude fotocopiar, transcribí todo el mes de mayo de 1919 siguiendo el día a día de la enfermedad de Nervo. Comprobé que era el poeta más importante de su tiempo, heredero de la lírica de Rubén Darío.
Yo tomaba las notas finales para mi novela El orden infinito, publicada un año después en México. Buscaba tantos porqués en las decisiones de vida de Nervo, que creí poder descifrarlos en los sótanos de la Biblioteca. Estuve tres días encerrado en medio de un altero de papeles, a media luz, escuchando en mitad del silencio un estornudo o una tos del otro lado del salón. Por la noche en el hotel, revisaba de nuevo mis notas y aparecían nuevas interrogantes.
La mañana del viernes, William por fin me confirmó que Benedetti nos recibiría a media tarde. Me previno que fuéramos puntuales, que posiblemente el encuentro no duraría más de una hora. Quedó en pasar por mí a mi hotel a las tres menos cuarto, como dicen allá. Pero no fui, lo dejé plantado sin darme cuenta, entre el avance de las horas y mi lectura, olvidé la cita con Willy. De cierto modo tuve que escoger entre visitar al moribundo Benedetti o revivir a Amado Nervo. Valió la pena. Esa tarde, mi última tarde en Montevideo, por fin encontré en el periódico La Razón la muerte del poeta.
En aquella fría hemeroteca a donde también llegaba el ruido de un pequeño ascensor de carga, así como a mí se me terminaban las horas en la biblioteca y a lo lejos de la sala notaba que apagaban las luces, a Amado Nervo se le iba la vida. Con avidez transcribía las loas y bendiciones del sacerdote Menéndez Plancarte, quien le dio los Santos Óleos. “El pasado 24 de mayo, en el Parque Hotel murió Amado Nervo, eran las 9:37 de la mañana. ‘Yo no quiero morir sin ver el sol’, fueron las últimas palabras del poeta. Tenía cuarenta y ocho años y nueve meses de vida mortal”, terminaba la nota de Menéndez Plancarte. Dejé todo como estaba sobre mi mesa de trabajo y fui a pedirle a la bibliotecaria, diez minutos más de consulta; me habló de horas extras, de problemas con el sindicato, de fallas en el interruptor de la luz. Al final me los concedió y seguí leyendo, con detalle de época, la disputa de Uruguay y Argentina por el ilustre cadáver. Las banderas de Uruguay ondearon a media asta por tres días, el Congreso declaró luto nacional y una descarga de cañones. Se le designó “Príncipe de los poetas continentales” y su cuerpo se embarcó en la fragata Uruguay con destino a México. También me embarqué en la travesía y seguí leyendo que  sus restos mortales tardaron seis meses en llegar a México, ya que recibía homenajes en cada puerto donde atracaba: Brasil, Venezuela, Panamá, La Habana. A punto estaba de llegar por fin a playas veracruzanas cuando me apagaron la luz y me echaron de la biblioteca. Salí a la intemperie de la noche, con los versos de Nervo a flor de labios.        Continúa el próximo viernes.


lunes, 11 de febrero de 2013

En el jardín de Melibea los árboles viven de pie



En la pasada Feria del Libro de Guadalajara, me invitaron al XIX Coloquio Internacional de Bibliotecarios, "Yo leo, tú lees, leyendo en la biblioteca". Esta fue mi ponencia, la cual comparto en tres entregas, lunes, miércoles y viernes. Hoy, la primera parte.  

Biblioteca pública
Como un halcón que despliega sus alas, los libros y el amor llegaron a mí, bajo la bóveda de una biblioteca. En mis años de bachiller cuando cursaba la preparatoria en la José Guadalupe Zuno, nuestro profesor de literatura, César López Moreno nos dejaba de tarea, hacer ensayos sobre Quevedo, Lope de Vega, el Siglo de Oro español; como mi padre por ese entonces era médico de la Clínica 1 del IMSS, la que está frente al parque Agua Azul, yo aprovechaba las mañana, yéndome con él a buscar libros y referencias en la Biblioteca Pública del Estado.
Fue cuando nos encargó hacer un ensayo sobre La Celestina de Fernando de Rojas que vi por primero vez a “mi Melibea”, desde ese día sentí a la gran biblioteca como un jardín encantado y vi a los libros como un puente, una tabla de salvación; dejaron de ser para mí, aquellas pilas que se acumulaban en la casa de mis padres, en los estantes de los libreros de mi abuelo Salvador Fonseca, que a su vez custodiaba la biblioteca de su suegro, mi bisabuelo, Pedro R. Carrillo; un masón de alto rango, que toda su vida tuvo cierta enemistad con don José Guadalupe Zuno; sus libros, principalmente de historia y masonería, años después me servirían de consulta, así como los que leía mi madre, experta en Agatha Christie y Arthur Connan Doile.
La suerte quiso que encontrara a mi Melibea en la Biblioteca Pública del Estado, entre una gran variedad de libros que esperaban su acomodo. Ella también me miró, entre los libreros, como si se asomara detrás de un árbol. Era una chica casi rubia, casi etérea, casi eterna que me cautivó. Tardé varias semanas en conocer su nombre; a esa edad, con solo poseer el nombre de la chica idealizada es más que suficiente, uno no aspira a más; pronto, esas letras se convierten en presente y futuro. Esas cinco o seis letras que formaban su nombre me sirvieron para andar seguro por ese huerto de frutos encantados. Árboles y más árboles que esperaban hechos imágenes, eternamente vivos en los estantes o sobre las mesas de trabajo o entre las manos de aquella chica a quien nunca me atreví a hablarle.
     Antes de la una de la tarde regresaba a la Clínica a reunirme con mi padre para volver a casa, comer y luego irme a la preparatoria. Fueron semanas de inquieta zozobra, me parece que esa fue la única vez que he sido tan puntual y dedicado para una tarea escolar. Por lo menos cuatro semanas estuvimos mirándonos entre libros, apartándolos de los estantes como quien separa las ramas de un árbol para mirar el horizonte. Me sabía observado y yo también la miraba temblando de miedo. Volvía a mi mesa, a mi lectura, atisbaba a los lados buscando una celestina que me ayudara a hablarle, que me dijera cómo, por dónde. Celestina le dice a Calixto: “No desconfíes de mí, que una mujer puede ganar a otra. Poco has tratado mi casa: no sabes bien lo que yo puedo por ti”. Sin embargo, esa tarde mi padre me dijo: “Debe ser una tarea muy importante, te veo preocupado”. No me atreví a confesarle nada, un temblor de principiante, como una hiedra, me subía desde los tobillos y amenazaba con asfixiarme. Creo que en el fondo prefería idealizar el amor, escribía en mi cuaderno palabras que me asaltaban el corazón. Esos fueron mis primeros versos.
      El encuentro fortuito con la que pudo haber sido mi primer amor, ahora creo que no fue una casualidad que hubiera sido en una biblioteca, en la más importante que tenía Guadalajara en eso años, de alguna manera, los libros y el amor seguirían ligados en mi proceso creativo, siendo significativo que fuera La Celestina de Fernando de Rojas el libro que me llevara a ella. Un libro editado por primera vez en 1499, quizá el segundo libro prensado en una imprenta y considerado la primera novela moderna en castellano, la cual tiene pasajes de amor, intriga, poder, erotismo, brujería y sobre todo poesía.

Continúa el próximo miércoles.

jueves, 7 de febrero de 2013

domingo, 13 de enero de 2013

Freak



Cada mañana, a las ocho en punto, salgo de mi casa para ir a trabajar y me encuentro con un enano. Nunca sonríe –jamás he visto a un enano sonreír–, camina a prisa con menudos pasos. Subo al metro que, por ir en contra flujo de la hora pico, no va tan lleno y antes de leer el libro en turno, observo que siempre somos los mismos. Bajo en la estación Miguel Ángel de Quevedo y camino hasta el metrobus La Bombilla. Sucede igual, a esa hora viajamos siempre los mismos.

En noviembre del año pasado entré a trabajar en el departamento editorial del CIESAS, donde hacemos libros de antropología. Desde hace muchos años no tenía un trabajo que me hiciera firmar mi entrada, por eso mi puntualidad al salir de casa y hacer el recorrido hasta Tlalpan con la precisión de un ritual. En el trayecto, además del enano, me encuentro a una mujer que cojea, a un chico emo de mirada tímida y orejas perforadas con argollas, a hombres y mujeres que hacen todo lo posible por parecer ejecutivos neoyorquinos, pero que no pueden ocultar en el rostro ese gesto de preocupación por llegar tarde a la oficina.

En ese viaje que dura cincuenta minutos y que termino yendo por callejones empinados desde la estación Fuentes Brotantes hasta el centro de Tlalpan,  compruebo que al parecer, abrieron las puertas del circo y salimos todos a perdernos entre la gente normal de la ciudad. Porque no es necesario que notemos un defecto físico para ser un freak, nos delata la mirada tímida y evasiva, la mujer que se maquilla con prisa frente a un espejo de bolsillo, el universitario que se esconde tras sus lentes oscuros y el cable blanco de sus audífonos. Tantos miedos, frustraciones y complejos nos hacen ser únicos, sentirnos diferentes a los demás. Esconder en el fondo de nosotros la ansiedad y la discapacidad emocional.

En esas calles de Tlalpan donde cada mañana me encuentro con el carretón de la basura, con una señora alemana que saca a pasear a su labrador blanco y a una anciana que todavía puede cargar la bolsa del mandado, poco antes de llegar a mi destino me cruzo con la mirada de un hombre tuerto que lleva al hombro sus instrumentos de trabajo y un letrero que dice “Se hacen trabajos de albañilería”. Un hombre que seguramente va a apostarse a las puertas de Catedral y que me mira con la dureza de su único ojo, evidenciando el menor de mis defectos: la rigidez de mi columna chueca.


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Rodolfo Naró, Tequila, Jalisco, 1967. Poeta y narrador. Cállate niña es su nueva novela y Ediciones B su nueva casa Editorial |  www.rodolfonaro.com



jueves, 3 de enero de 2013

Vértebra 83



VUELVE EN TI, me digo y me quedo en la estación a esperarme.

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lunes, 31 de diciembre de 2012

Piensa en instantes



Hoy es la noche más larga del año, el momento en el que se cruzan destino y pasado. Hoy, es inevitable hacer un recuento de lo no vivido, de lo que existió, de lo que sí logramos y de los que se fueron. Hoy, de nuevo nos haremos promesas y desde mañana trataremos de cumplir al pie de la letra esos propósitos. Comenzaremos a escribir una nueva agenda diaria y quizá, releamos un poco la que estamos por cerrar. Ayer lo hice, repasé las páginas de mi Moleskine y recordé no solo grandes momentos, sino mis pequeñas anotaciones, los guiños de la memoria que me hicieron pensar en instantes alegres, tristes, triunfales, llenos de sabor, olor y amor. Instantes que ahora atesoro y que les doy cuerpo al denominarlos con palabras, al final es lo único que me queda después de la imagen: palabras para nombrar al tiempo.

Gracias por ayudarme a escribir tanto en este año que hoy termina, espero que en el 2013 sigamos teniendo la oportunidad de la página en blanco.


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Rodolfo Naró, Tequila, Jalisco, 1967. Poeta y narrador. Cállate niña es su nueva novela y Ediciones B su nueva casa Editorial |  www.rodolfonaro.com



martes, 25 de diciembre de 2012

Diario medular | Noche Buena


Era una llave de agua y me mojaba. En Noche Buena desperté delirando, me vi desplegando las velas de La Pinta, gritando ordenes a la tripulación para contener la tormenta. Era Cristóbal Colón enfrentando el peor amotinamiento de sus hombres. Mi corazón, como un gigante, una máquina a punto de reventar, pedía más carbón, más leños para el fuego que me consumía las entrañas. La fiebre me subió en un abrir y cerrar de ojos y comencé a temblar, a levitar en la cubierta del barco que era mi cama. En ese mismo golpe de pestañas se me cruzaron las historias y ya no fui el padre Colón, sino el coronel Aureliano Buendía, cagándose de miedo frente al pelotón de fusilamiento, recordando la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. ¿Cuántas batallas perdimos, cuántos de nuestros hombres murieron? Mientras me preguntaba, también un frío interior me rayaba los huesos.

Andrea estaba conmigo, me trajo agua y rebuscó en el cajón de las medicinas alguna que pudiera aliviarme. Todas tenían cinco años caducadas. Al escucharla desde la cocina, me las imaginé como un tesoro de joyas dentro de un baúl con telarañas y tarántula. No somos piratas, le grité, estamos buscando una nueva ruta para las Indias. Apártalos, diles que pronto llegaremos a tierra firme. Yo trataba de contener a mi tripulación, los veía que me miraban con ojos asombrados, como si este temblor de cuerpo fuera de escorbuto, malaria o peste bubónica. Tenía tanta sed, como perro enrabiado. Sigo siendo el capitán de esta nave, murmuraba, envuelto en mi cobija como el coronel Buendía. Hasta que por fin le pregunté, Andrea, ¿estás segura que sí estaba bien muerto ese animal que nos cominos?   

Cenaste demasiado, me dijo, yo te veía comer al parejo que mis nueve hermanos, además, recuerda la hamburguesa del mediodía, los hot cakes del desayuno, navegantes de mantequilla. La cena del día 23 en casa de Guillermo y Lety. ¿Cuántos cacahuates, copas de vino, trozos de queso de cabra con paté y aceitunas? ¿Cuántas veces repetiste plato ayer y hoy? Respira hondo y deja de poner los ojos en blanco. Tienes que vomitar, me conminó. Ya llevó tres evacuaciones y el dolor no cede, le dije y recordé al Octavo pasajero queriendo reventarme el estómago, como un polizonte de mi propia nave. No lo conseguirá, mañana, aunque no sea lunes, comienzo la dieta, tuitée y escuché su reclamo, deja ya ese celular y descansa. Estoy avisando al puerto de Palos de la tormenta, esto no es clave morse, simplemente que, mañana no voy al recalentado, le repetí desde el baño, mientras me seguían golpeando las aguas negras del infortunio.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Vértebra 82

MÉXICO ya vive su apocalipsis de tierra, viento y agua. Bienvenido el fuego.

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domingo, 16 de diciembre de 2012

Perra mía



Fue amor a primera vista. Sentí que me seguía a pocos pasos de distancia, yo caminaba por las calles serpenteantes de Tlalpan, veredas estrechas y sin banqueta. Llevaba el sol de frente. Al sentir su respiración cada vez más cerca, voltee a verla y me deslumbró su mirada de ojos amarillos, su pelaje rubio. Yo le hice un sáquese para allá, pero no obedeció, huía de otros perros que la acosaban.

Cuando comenzó a caminar a mi lado, brincando a mi alrededor, supe que había perdido, que estaba totalmente enamorado. Paré en la banca de un parque cercano y ella se echó a mi lado, movía sus elocuentes orejas y me buscaba la mano, la caricia de ternura. Ella me había escogido, entre todos los peatones –ninguno, solo yo– que a esa hora caminábamos por la calle. Era el destino que había cruzado nuestros caminos y yo sentía que no debía negarlo.

Pero al decidir llevarla a casa, una serie de dudas y coincidencias se encadenaron al instante. ¿Cómo explicarle a Runa la nueva intrusa? ¿Sería mi casa de nuevo un hogar de perros y gatos? ¿Si cerraba los ojos y la dejaba pasar, la conciencia me reclamaría el abandono? ¿Quién me pone estas pruebas?, volví a preguntarme. Mientras la perra se rodaba sobre su lomo, ladraba con la precisión de decirme algo importante y sublime.

Seguí caminando con ella a mi lado. Así que resultaste hembra, le dije y ella respondió con coquetería. Hasta las perras me siguen, pensé y seguimos andando. A partir de ese momento se modificaba mi rutina diaria. Habría que sacarla a pasear dos veces al día, cuidar de que no se tomara el agua de Runa ni se comiera las Whiskas de Runa, que tampoco se comiera a Runa. Quizá lo mejor sería tenerla unos días en casa y buscarle un hogar de adopción. Pero antes habría que darle de comer, llevarla al veterinario, bañarla, arroparla, buscarle nombre.

Se llamaría Toña, Toña la Güera. Estábamos en Tlalpan, al sur del sur de la Ciudad de México. De pronto me di cuenta que no traía dinero, ni un centavo, la noche anterior había dejado el efectivo en otro pantalón y a pesar de que una compañera en la oficina me había pagado más de 200 pesos, en ese mismo momento se los había dado a Montserrat para algo que necesitaba comprar y otra vez me había quedado en la inopia.

El destino también tiene sus veredas, sus claroscuros inexplicables, dolorosos y aunque lo neguemos, el amor también se esfuma con la misma rapidez con la que llega. Antes de abordar el taxi que nos llevaría a mi casa, paramos en un Banamex para sacar dinero del cajero automático, así se lo dije y le ordené a Toña que me esperara en la puerta del banco. Me entretuve unos segundos en salir, lo que dura una luz roja de semáforo, menos de lo que tarda en llegar el metrobus, tan solo el tiempo suficiente para que la mano mecánica del cajero contara tres billetes de 200 pesos. Cuando salí de ahí, Toña ya no estaba, se había ido con otro. Los miré calle abajo. También caminaba a su lado, también brincaba a su alrededor. Mi perra, también a otro había engatuzado, con descaro, moviéndole el rabo.


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Rodolfo Naró, Tequila, Jalisco, 1967. Poeta y narrador. Cállate niña es su nueva novela y Ediciones B su nueva casa Editorial |  www.rodolfonaro.com


jueves, 13 de diciembre de 2012

Vértebra 81

MÉXICO todos los días se destruye y a la mañana siguiente se inventa. Cada quién su apocalipsis.


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domingo, 9 de diciembre de 2012

lunes, 3 de diciembre de 2012

Diario medular | Skyfall 007



 “Es más fácil reclutar a los huérfanos” le dice la agente M a Bond cuando él la enfrenta. Skyfall, la nueva película del 007, es tan franquicia como McDonald’s, uno sabe lo que va a ver en el cine, como uno reconoce el sabor de esas hamburguesas, sin embargo, en esta nueva entrega, su director, Sam Mendes hizo algunos cambios para darle actualidad y credibilidad al personaje. Al parecer, estudió muy bien la guerra de Calderón, pues desde el inicio de la película, las escenas de acción siempre son en lugares muy concurridos: un mercado en Turquía, otro en Shangai, el metro de Londres, sitios propicios para las bajas colaterales, además, llega el momento en que uno no sabe quiénes son los buenos y quiénes los malos. El agente Silva (Javier Bardem), apellido que podría ser mexicano, se vuelve en contra de su corporación y en especial de la agente M (Judi Dench), así como en México los policías se vuelven en contra de los ciudadanos y uno cuestiona las estructuras de mando. 
 
Así de cercana a nuestra realidad es la nueva cinta del legendario agente al servicio de Su Majestad, pues tanto James Bond (Daniel Craig) como los malos de la película, siempre rodeados de dinero y poder, se hacen acompañar de mujeres hermosas, como nuestros narcos más reputados seducen con el peligro, armas y dinero a nuestras misses. Así como McDonald’s ha renovado su menú y ahora vende también nutritivas ensaladas, lo más sorprenderte de este nuevo episodio de la saga es la historia de amor que, en esta ocasión, no es interpretada por una exuberante chica Bond como Halle Berry en Otro día para morir o Eva Green en Casino Royal sino por un edípico Bond y una mujer sexagenaria, una arrogante agente M que sucumbe entre sus brazos haciendo de la dominguera película, algo tan inesperado y tan familiar a la vez, como la comida que te espera cada semana en la franquicia maestra: la casa de tu abuelita.




domingo, 18 de noviembre de 2012

La vida precoz y breve de Sabina Rivas



Hace unos meses, para una nueva edición de La mara de Rafael Ramírez Heredia, Ramón Córdoba, editor de Alfaguara me pidió hacer el dossier de la novela. Con fecha de entrega de apenas diez días, fueron tardes intensas donde me sentía asfixiado por el calor de esa selva, acorralado por el destino de todos esos personajes condenados al infierno de la miseria.

Han pasado ocho años desde la primera edición de La Mara de Rafael Ramírez Heredia y su lectura no deja de ser escalofriante. En La Mara, 13 segundos marcan la diferencia entre la vida o la muerte, y el destino de cada personaje siempre le pertenece a alguien más. Un mundo donde solo caben miserables o abusadores que se mueven entre la muerte y el limbo, entre México y Guatemala, divididos por una frontera que no es la del Suchiate, sino los lindes entre racismo y resentimiento.

Del lado mexicano, la trama se desarrolla en Ciudad Hidalgo, “pueblo de calles mugrientas” que, lejos de honrar a nuestro libertador es la trampa donde sucumben los centroamericanos, ávidos por alcanzar los Estados Unidos. Agazapados en la selva, acechan la llegada del tren, el “embudo del diablo”, como le llaman al convoy. Los migrantes corren a su costado esquivando la envidia y los matorrales para pepenarse de alguna saliente y “sostenerse en las grietas del hierro, en las escaleras hollinosas”. “Aferrados con malévola fibra” harán el viaje, defendiendo su espacio de los otros sureños que se cubren los tatuajes del cuerpo, que bajan la mirada a la espera del momento oportuno para atacar, son la Mara Salvatrucha.

Ramírez Heredia retrata el paso de hombres y mujeres por la frontera sur de México con tanta crudeza y veracidad que solo de leer La Mara, de algún modo nos volvemos cómplices y víctimas de coyotes, balseros, migra y militares, funcionarios de embajada, curanderos, matronas y mareros que implantan su ley y su cuota de sangre. La magistral descripción del horror de las pulsiones humanas evoca el universo de tinieblas de Conrad, donde todos harán cualquier cosa para sobrevivir.

La frontera sur de México, en La Mara, no es más una línea de paso, es un sitio estático que atrapa, como lo hizo con Lizbeth, “la tonta panameña que al primer apretón confesó que no era mexicana y le rompieron sus papeles que le costaron el carajal de acostadas”.

El lector descubrirá oscuros personajes como Ximenus Fidalgo, chamán que parece conocer el fondo del alma humana, que “sabe lo que sucederá a lo largo del viaje”. A su consultorio acuden los más desamparados, a quienes impone miedo y respeto con su maquillaje de “pasiones desatadas”, su gran estatura lograda con zapatos de plataforma y peluca, que lo hacen ver como si “su altura se escapara hacia el techo”. Anamar es su ayudante, hija de Tata Añorve, el caronte tropical experto en cruzar el Suchiate. Tras morir asesinada, Anamar se convierte en la Santa Niña del Río, objeto de culto y adoración para propios y extraños de la frontera.

Con redes de intrincados destinos se va tejiendo La Mara. En Tecún Umán confiar es la peor de las maldiciones. Un desafío que muchos no alcanzan a comprender y pierden su futuro en el burdel de doña Lita, otro punto de confluencia donde se reúnen los poderosos: su amante Felipe Arredondo, párroco de Mazatenango; el general Valderrama; el licenciado Cossío, quien además de dirigir una investigación contra el crimen organizado, trafica con armas y especula con terrenos; el comandante de la migra Julio el Moro Sarabia o el cónsul don Nicolás Fuentes, todos una misma alimaña.

En el burdel de doña Lita también deambulan “chicas con los ojos de hambre”, mujeres centroamericanas que desde la adolescencia comenzaron a prostituirse. Doña Lita no acepta mexicanas entre sus pupilas, es una madre con corazón de madrastra que protege a Sabina Rivas de Jovany, su propio hermano, y le enseña cómo debe tratar a los hombres, especialmente al cónsul Nicolás Fuentes, a quien le repite que su “pasado es agua revuelta que nadie quiere beber”.

En La Mara la MS 13 es un personaje más que siembra el terror, “la vida loca” como ellos llaman a su ley, que no respeta parentescos, nacionalidades ni fronteras. Pertenecer al grupo exige la prueba de 13 segundos de tremenda golpiza, para luego tatuarse el cuerpo y el rostro con lágrimas que representan cada muerto en la “conciencia”. Ritual que Jovany vive en carne propia. Lo seguiremos en su ruta desde Honduras, acompañado de su hermana Sabina, con quien descubre que el sexo es moneda de cambio, que la vida se teje con violencia y muerte.

Ramírez Heredia logra que el lenguaje sea uno de sus mejores personajes: devela la riqueza en modismos de cada región central de América y es un recurso documental y contundente de la novela, poblada de salvadoreños o guanacos, guatemaltecos o chapines, hondureños o catrachos, costarricenses o ticos, nicaragüenses o mucos; todos revueltos en un mismo infierno, gobernados por la ley del más fuerte.

Nadie mejor que él para dar cuenta de ese México envilecido. Desde su investigación, aquellas pandillas han sufrido un aumento de miseria y hambre, se han transformado en Zetas, en narcotraficantes que secuestran a migrantes para usarlos como sicarios o burreros. La Mara de Rafael Ramírez Heredia solo fue la punta del iceberg de lo que deparaba el futuro de México.


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Rodolfo Naró, Tequila, Jalisco, 1967. Poeta y narrador. Cállate niña es su nueva novela y Ediciones B su nueva casa Editorial |  www.rodolfonaro.com



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