jueves, 19 de marzo de 2009

Donante






Me gustaría seguir viendo con los ojos de otro cuando muera. Que mi corazón siga llevando ilusiones a los pensamientos de una mujer enamorada. Que mi hígado siga destilando nuevos sabores, especias, magníficos vinos. Todo comenzó con un poco de sangre cuando en 1901 el doctor Karl Landsteriner, Premio Nobel de Medicina en 1930 la clasificó en sistema ABO y décadas más tarde en Factor Rh. A mí me la cambiaron toda cuando me operaron de la columna. Ignoro si fue de una misma persona o de varias, pero como tengo una sangre muy corriente, O positivo, pudo haber sido de cualquiera. En febrero de 1983 en el consultorio del doctor Héctor Peón Vidales mi padre le preguntó si era segura, por esa enfermedad nueva conocida como AIDS, el SIDA aún no tenía traducción al español. El ortopedista le aseguró que estaba más que analizada y programó la operación para el 27 de julio del mismo año. En total fue más de un mes de hospitalización, ocho horas de quirófano, seis litros de sangre y, de las minas de Zimbabwe una aleación de platino con otros metales, para la barra de Harrington que rige a mi columna.

Cuando Edith Oropeza era editora de la revista Marie Claire, hizo un reportaje sobre fertilización in vitro, y visitó las instalaciones del Instituto Médico de la Mujer, entonces supimos que no sólo parejas infértiles acudían a ellos, también iban chicas solas que querían ser madres, mujeres al límite de edad fecunda que no tenían con quien procrear y un alto índice de lesbianas que vivían una relación estable con su pareja. Entre los servicios que ofrecían estaba un listado enorme de las características del donante de semen: estatura, color de ojos, cabello, medidas corporales, ascendencia, nacionalidades. Había donantes de Holanda, Francia, Inglaterra. Cualquier país europeo era el mayor competidor contra los de Estados Unidos, Argentina, Veracruz o Guanajuato. Así la mujer podía escoger al hombre de sus sueños entre más de 250 candidatos y tener un hijo de ese perfecto desconocido. Todo estaba garantizado, decía el informe al pie de página.

Eso fue hace seis años. Ahora leo que en Estados Unidos hay una clínica, LA Fertility donde los futuros padres no sólo pueden escoger el sexo del hijo, sino también el color de ojos, de cabello, quizá hasta el carácter. Sin embargo, otra cara del átomo de la ciencia ha descubierto el poder sanador de las células madre de la sangre del cordón umbilical. En la Feria del Libro de Guadalajara del año pasado conocí a Alejandro Gómez de la empresa mexicana Sangre de Cordón y me explicó que en la gestación, esas células son productoras de glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas que sirven para el tratamiento de leucemias, linfomas, diabetes, parkinson, cardiopatías y un sinfín de complejas enfermedades cerebrales, reumáticas, medulares. La criopreservación o congelamiento de las células a -190 grados centígrados las mantiene vivas pero inanimadas. También sirve para la regeneración de órganos, así como a la lagartija le vuelve a salir la cola si se la cortan, el hígado del humano puede regenerarse y crecer a partir de un pequeño segmento sano del mismo. Mientras que en Francia en 2005, se le hizo a una mujer el primer transplante de rostro y en Alemania, el año pasado a un agricultor le implantaron dos nuevos brazos que había perdido en un accidente laboral y en China en 2006 han hecho el primer y único transplante de pene, quizá en pocos años podamos auto regenerarnos igual que las lagartijas.

Y como yo he sido un paciente activo de la ciencia médica y he recibido la donación de tornillos y fierros de tierras lejanas no tengo empacho en donar sangre a la Cruz Roja Mexicana cuando está la campaña o en poner sí en mi licencia de conducir a la pregunta ¿donador de órganos? Lo único que lamento es no poder ser un donante de semen para esos centros especializados, pues por el gen de la columna chueca que heredé de mi madre y ella a su vez de mi abuela es posible que un hijo mío también tenga la escoliosis congénita que me sobrevivirá en una barra de finísimo platino.
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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com

6 comentarios:

Andreinski dijo...

Tú qué te preocupas, para cuando ese niño nazca, ya habrá columnas quitapón : )

Saludos desde Alemania ;)

Rodolfo Naró dijo...

Hola Andréa,
la ciencia médica cada día avanza, parece que ahora la barra que yo traigo en la columna ya son flexibles, así que no me extrañaría nada que en poco años también sean desechableso quitapón, como bien dices.
Saludos hasta Alemania.
Besos,
Naró

Guadalupe Conn dijo...

Mi querido Naró, un mensaje de su fan. Definitivamente la cienca avanza con rapidez y nos permite sorprendernos. Lo que en ocasiones más me agobia es si estaremos preparados para convivir con todo ello pues en esa misma sorpresa va la perplejidad...
Deseo que pronto tengamos oportunidad de vernos.
GC

Anónimo dijo...

Como siempre es bonito leerte y que afortunados somos de vivir en esta época en la que muchos males ahora nos pueden prologar más la estancia en este mundo. Imaginate antes a quien le daba el dolor del miserere, desafortunadamente era muerte segura y era lo que ahora conocemos como el apéndice que ahora es operable. Suertudos de vivir en esta época. Mi nombre es carlos te conocí en la fiesta de navidad de Sergio

Rodolfo Naró dijo...

Hola Guadalupe:
como bien dices la ciencia rebasa ya todas la espectativas, hoy en el diario El País he leído el caso de un hombre embazado, esto es, una mujer transexual que interrumpio su tratamiento hormonal y con su pareja, mujer, decició embarazarse in vitro. Resultado, una persona con constitución de hombre: barba y bigote, embarazado de nueve semanas. Sucedió en Granada, España. Después de esto tendré que reescribir mi columna Donante.
Besos,
Naró

Rodolfo Naró dijo...

Hola Carlos,
gracias por leerme y sí somos afortunados en vivir un poco más, en cuararnos más rápido el dolor y ver sufrir menos a nuestros seres queridos y lo mejor, que apenas estamos empezando.
Saludos,
Naró

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