martes, 19 de agosto de 2008

El retrato de Arturian Gray




Muchos de quienes leen esta columna saben que no es un personaje de ficción de quien les escribo ahora, aunque bien podría serlo. Lo conocí en la universidad hace 22 años, por delgado, aparentaba ser más alto de lo que ahora es. Tenía unos pelos chinos, en la cabeza, y tan anaranjados que alguna vez la mamá de Alejandro Ochoa le preguntó si se pintaba el cabello. Él se indignó, como corresponde a su abolengo, pero creo también que desde ese día no ha dejado de hacerlo. Lo recuerdo en la universidad en una obra de teatro haciendo un papel ridículo para su tamaño, descubriendo por primera vez sus dotes de actor, siempre rodeado por las compañeras más guapas de la generación, entre ellas Gloria Guerra, mi amor imposible, por el cual muchas veces me rescato de mis propios límites. Creo que todos tenemos alguna anécdota que recordar de él. Situaciones de complicidad y borrachera que nos hacen la vida más ligera, así como su espíritu desparpajado y simple. No se qué hubieras sido de mi si en aquella noche de nuestros veintipocos años, de tan borrachos que íbamos en mi VW 66, en un arrebato de locura los bajé del coche a Alejando, a Gina, a Paty, al F5 y a él con los peores calificativos. Era la madrugada de un domingo y a media calle frené, abrí las puertas y les dije que se bajaran, pero él antes de irse me dio un par de cachetadas que me dejaron tirado en el suelo, para que aprendiera, me dijo.

Lo recuerdo como el creativo todo poderoso de Cine Video cuando recién habíamos salido de la universidad, de aquel gran amor frustrado que tuvo del que ya es innecesario revelar su nombre porque no sirvió para nada, más que para arrastrarlo a dejar todo y seguirlo en sueños que no supieron compartir. Pero siempre se ha repuesto y ha seguido sus propias ilusiones o sueños románticos, como cuando se venía la boda de su hermano Hernán en Buenos Aires y según él tenía todo preparado para que, con un mes de antelación viajáramos, la familia y amigos en un barco que su primo, almirante de la naval, nos prestaría. Ya teníamos fecha y hora de salida. El puerto de Veracruz nos quedaba chiquito para emprender el viaje que tocaría no sé cuántas ciudades de diferentes países del Atlántico y tendríamos toda una tripulación a nuestras ordenes. Hemos sabido compartir los viajes y los amigos. Hemos recorrido medio México haciendo equipo con Paula, Tyler, o Daniel, organizado bacanales en Ocotlán. Hemos seguido juntos en las penas y los disparates, las aventuras y la vida en común. Ha sido un soporte invaluable cuando el desamor me ha cercado y en su casa, muchas veces he encontrado el refugio que necesitaba. Porque siempre, por alguna extraña razón termina siendo más amigo de las mujeres que he tenido y tan cómplice de Montserrat y Mario Velázquez desde el primer día que los presenté. A pesar de que me dice que soy un aburrido y me comporto como un viejo, que aprenda de él y su secreto de la eterna juventud, sin que se entere termino escuchándolo. Sabe decir los mejor consejos, aunque para sí no los aplique y a veces habla con tanta autoridad como lo haría una madre a sus hijos descarriados.

Su sentido del humor se sobre pone a cualquier tragedia, la vez que hablé con él para darle mi pesar por la muerte de su padre, al ponerse al teléfono lo primero que me dijo fue “…ya soy huérfana”. Ni mi vida ni mi escritura hubieran sido lo que son sin su lectura siempre minuciosa y sus ideas, de las cuales me ha querido cobrar derechos, sin yo siquiera pasarle factura por redescubrirle al poeta Amado Nervo, que ha sido inspiración de su primer largometraje, apunto de echar a rodar. Y a propósito de rodar, recuerdo un correo que le escribí, ya que había pasado el susto de su reciente accidente de tránsito, donde trató de subir a un árbol con todo y camioneta, pero sólo terminó como el Caballo Blanco, con el hocico sangrando y una semana en el hospital. En aquel correo le reclamaba el haber puesto en riesgo su vida, que no sólo le pertenece a él sino a su familia y amigos. Si aquel accidente hubiera sido fatal, le escribí, la que se hubiera quedado huérfana entonces, hubiera sido yo.

Podría llenar más párrafos de historias y leyendas que ya se cuentan de él por los lugares que ha habitado en: México, España, Estados Unidos, Alaska, Panamá, pueblos, rancherías intermedias, festivales de cine en San Sebastián, Guadalajara, Amiens, Buenos Aires y Tepetongo el Chico, en todos ha dejado un corazón esperanzado y la promesa de volver. Hoy que es su cumpleaños y que él tristemente me escribe que otra vez lo pasará con las personas que lo quieren pero no con las que él quiere estar, desde Barcelona te mando mi cariño y sé que los amigos que reciban este correo también estarán de acuerdo en seguir soñando contigo en visitar más países, posiblemente en barco, en fabricar más historias, en compartir más anécdotas de amores reales y fugaces, en seguir manteniendo la ilusión del suicido colectivo, porque todos seguiremos estando, aún a la distancia, contigo. ¡Feliz cumpleaños, Arturo!


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Rodolfo Naró, poeta y narrador mexicano, su libro reciente es El orden infinito, finalista del Premio Planeta de Novela 2006. wwww.rodolfonaro.com
Fotografía original: Moleskine literario

2 comentarios:

Nadir Chacín dijo...

Quedó hermosa la columna! =)
besossssssss ARTURO
feliz cumpleeeee retrasao
chau
Nadir desde Caracas

syn guide dijo...

Rodolfo, me encanto lo de Arturo, que ya que no se comunica le envío un fuerte y afectuoso abrazo.

He estado leyendo tu columna, ¡esta increíble!.
Abrazo y felicidades.

Miguel Bribiesca

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